
Vivimos un momento histórico marcado por el desacople global y el resurgimiento de regionalismos. La globalización ya no responde a un modelo occidental basado en mercados sin fronteras, sino que transita hacia una globalización fragmentada, donde la interdependencia continúa, pero con dinámicas más locales y multipolares.
En este nuevo escenario, China se consolida como un polo civilizatorio relevante, destacando no solo por su poder económico, sino por su enfoque de respeto a la soberanía y al derecho internacional. A diferencia de Occidente, que históricamente ha impuesto modelos mediante sanciones o intervenciones, China apuesta por la cooperación de beneficio mutuo sin pretensiones ideológicas.
Su experiencia histórica, especialmente el llamado «siglo de humillación» (1839-1949), ha forjado una política exterior basada en la autodeterminación. La metáfora china «cada pie necesita su propio zapato» resume esta visión: no hay un único camino al desarrollo. Este principio, reflejado en la doctrina de los cinco principios de coexistencia pacífica, conecta con el derecho internacional y la Carta de las Naciones Unidas, convirtiendo a China en un socio estratégico para países del Sur Global como Costa Rica.
Desde el establecimiento de relaciones diplomáticas en 2007, China se ha posicionado como el segundo socio comercial de Costa Rica, con cooperación en áreas clave como energías limpias, infraestructura y tecnología. A diferencia de otros actores, no impone condiciones políticas internas, lo que ha favorecido una relación estable y práctica.
Sin embargo, su ascenso ha generado tensiones, particularmente con Estados Unidos. La estrategia «Made in China 2025» y el avance tecnológico chino motivaron una guerra comercial liderada por Washington, con aranceles y sanciones a empresas como Huawei. Estas medidas no frenaron a China, pero sí alteraron cadenas globales y afectaron a economías interdependientes. Frente a ello, China ha preferido la negociación pragmática, evitando una confrontación abierta. Esto evidencia que la competencia entre potencias no debe traducirse en un juego de suma cero para terceros.
Costa Rica y el Sur Global enfrentan un dilema: alinearse con un bloque o mantener su soberanía. La respuesta es la neutralidad estratégica, entendida como una postura inteligente y equidistante con las potencias, que evita sacrificar autonomía por presiones externas. Adoptar una visión hostil hacia China no solo es innecesario, sino contraproducente.
El país debe diversificar alianzas con otros polos emergentes como India o Turquía, para no depender de ninguna potencia. Hoy, el mundo no gira en torno a ideologías, pese a quienes insisten en revivir la lógica de la Guerra Fría. Fortalecer la neutralidad permite aprovechar oportunidades sin renunciar a la autodeterminación. China ha mostrado que es posible cooperar sin imponer, mientras que EE. UU. sigue siendo relevante, aunque menos predecible. La clave no es elegir bandos, sino construir puentes.
Como señalan diversos académicos, el mundo avanza hacia un sistema multipolar e inestable. En este entorno, los Estados que actúan con inteligencia y pragmatismo son los que mejor defienden su soberanía y prosperan sin someterse a agendas ajenas.



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