
Occidente insiste en presentar a China como un país gobernado por un régimen monolítico, una dictadura donde todo pensamiento crítico es silenciado y donde no existen matices. Esta visión simplista ha sido repetida por ideólogos y analistas que parecen incapaces de comprender la complejidad histórica, cultural y política del gigante asiático. Pero la realidad es mucho más rica y contradictoria de lo que admiten estas narrativas. China no es un bloque uniforme; dentro de su sociedad, su academia y hasta dentro del mismo Partido Comunista, se desarrolla un rico debate político e intelectual.
En la práctica, conviven diversas corrientes de pensamiento que se enfrentan y dialogan, cada una proponiendo diferentes visiones sobre la modernización, la justicia social, el papel del Estado y la identidad nacional. Existen quienes defienden una interpretación del socialismo chino centrada en la tradición y el nacionalismo, inspirándose en el confucianismo para pensar la gobernanza y priorizar los intereses nacionales frente a la adopción acrítica de ideas occidentales. Estos son conocidos como los «amarillos».
Otros, en cambio, promueven reformas políticas y constitucionales, mayor participación ciudadana y derechos individuales adaptados al contexto local, conscientes de los límites objetivos del sistema político, pero insistiendo en la necesidad de transparencia y responsabilidad. Estos de corte más liberal los identifican como los «azules». Uno de los principales representantes de esta corriente es Zhang Qianfan, quien de hecho tiene un importante puesto en la Universidad de Pekín.
Al mismo tiempo, hay quienes revisitan el legado de Mao y del socialismo, combinando preocupación por la desigualdad y el desarrollo rural con elementos de economía de mercado, defendiendo un papel activo del Estado y la integración de valores comunitarios y patrióticos. Esta línea es la de los «rojos», que incluso pueden dividirse a su vez en dos: los que siguen repensando el maoísmo y marxismo-leninismo, y la llamada «nueva izquierda», que quieren combinar elementos puramente socialistas para zonas rurales, con una apertura de mercado plena.
Estas corrientes no forman facciones políticas rígidas, sino que operan dentro de un espacio de debate controlado que permite la circulación de ideas, críticas y propuestas innovadoras. Muchas de estas ideas son incorporadas en políticas públicas, otras son marginadas, pero lo que resulta evidente es que China no funciona bajo un pensamiento único, sino bajo un delicado equilibrio entre tradición, modernización, nacionalismo y justicia social. Esto es parte de la construcción del socialismo con características chinas de la nueva era, o de una sociedad post capitalista.
El problema es que los voceros occidentales suelen ignorar esta complejidad. Prefieren clasificar a China de manera binaria: dictadura autoritaria frente a democracia liberal. Este reduccionismo no solo distorsiona la realidad, sino que refuerza prejuicios que justifican políticas de confrontación o subestimación cultural. Comprender cómo se articulan estas corrientes internas es clave para evaluar las decisiones del gobierno chino, la evolución de su sociedad y su papel global. Quien reduce a China a una etiqueta ideológica ignora siglos de historia, debates filosóficos y procesos políticos que no se ajustan a los esquemas de Occidente.
Por eso, es necesario cuestionar a esos que insisten en ver a China como un país sin matices. La verdadera lección es reconocer que dentro del régimen y la sociedad china se discute constantemente sobre los límites de la libertad individual, las prioridades políticas y la identidad nacional. Más allá de las etiquetas simplistas, China es un país en debate, donde ideas de tradición, reforma, justicia social y nacionalismo coexisten, se enfrentan y a veces se funden, como el yin yang. Ignorar esto es condenarse a una comprensión parcial, prejuiciosa y pobre de uno de los actores más relevantes del siglo XXI.



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