Del iniciado al emprendedor: la parodia moderna del ideal humano

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La modernidad capitalista se cuenta a sí misma una historia cómoda: vivimos en la era del progreso, la libertad individual y las oportunidades infinitas. Dentro de ese relato, la figura del emprendedor aparece como su héroe moral. Se le presenta como ejemplo de mérito, esfuerzo y superación. El mensaje es claro: quien se sacrifica y persevera se distingue de la masa y asciende…Pero esa promesa rara vez se cumple.

El emprendedor contemporáneo, el self-made man y el llamado “sujeto del rendimiento” no son signos de diferenciación real, sino productos en serie de un mismo molde. A pesar del sacrificio, del agotamiento y del esfuerzo permanente, la mayoría no logra distinguirse del hombre masa, no en el sentido profundo del término. El sistema promete singularidad, pero produce homogeneidad.

Esta constatación es clave para entender la trampa moderna: el sacrificio ya no garantiza elevación. El emprendedor actual no surge de una sociedad fuerte y cohesionada, sino de una sociedad que ha abandonado al individuo. No emprende porque haya encontrado un sentido superior, sino porque el trabajo digno desapareció, las protecciones sociales se desmantelaron y la comunidad fue reemplazada por el mercado. Emprender se vuelve una estrategia de supervivencia, no una vocación libre. La crítica, por tanto, no se dirige contra la persona que emprende, sino contra el sistema que la obliga a sacrificarse sin ofrecerle un horizonte real de sentido o “éxito”.

En las civilizaciones tradicionales, el sacrificio estaba orientado hacia lo trascendente y lo sagrado. Exigía esfuerzo, pero prometía una transformación real del ser. No todos podían recorrer ese camino, y precisamente por eso implicaba una verdadera diferenciación. La iniciación no era masiva ni accesible a todos: suponía una ruptura interior auténtica.

La modernidad conserva la retórica del esfuerzo, pero ha vaciado su contenido. Sustituye la orientación trascendente por una orientación puramente inmanente: éxito económico, rendimiento, visibilidad. El sacrificio deja de ser camino de transformación y se convierte en mecanismo de reproducción del sistema.

El self-made man se presenta como individuo excepcional, pero en realidad responde a un modelo estandarizado. Se mueve, piensa y desea dentro de los mismos parámetros que millones de otros sujetos igualmente agotados. Oswald Spengler ya advertía que el individualismo moderno es una ilusión tardía: aparece cuando la cultura ha perdido su alma y solo queda la técnica administrando masas.

El emprendedor es el punto culminante de esta paradoja. Se le exige que sea único, creativo, resiliente, diferente, pero se le imponen las mismas métricas, los mismos lenguajes, las mismas plataformas y los mismos criterios de éxito. El resultado es una uniformidad disfrazada de singularidad. El sacrificio no conduce a la diferenciación; conduce al cansancio.

Byung-Chul Han lo ha señalado con precisión: el sujeto del rendimiento se explota a sí mismo creyéndose libre. Pero esa autoexplotación no lo eleva; lo agota. La promesa de realización se transforma en depresión, ansiedad y vacío. El individuo se sacrifica sin alcanzar ni trascendencia ni auténtica distinción.

Aquí se revela una diferencia fundamental con el ideal tradicional, perenne. En la tradición, el sacrificio no garantizaba el éxito, pero abría la posibilidad real de una transformación interior. En la modernidad capitalista, el sacrificio no garantiza nada, salvo la continuidad del esfuerzo. No hay culminación, no hay llegada, no hay sentido último.

El hombre masa no desaparece en la sociedad del rendimiento: se perfecciona. Ahora no es pasivo, sino hiperactivo; no es obediente, sino motivado; no es oprimido desde fuera, sino desde dentro. El resultado no es la elevación del individuo, sino la masificación del agotamiento.

Decir esto no es despreciar el esfuerzo de quien emprende. Al contrario, es reconocer que su sacrificio merece algo mejor que un sistema que promete diferenciación y entrega homogeneidad. Mientras se siga confundiendo rendimiento con valor y esfuerzo con sentido, la modernidad capitalista seguirá llamando progreso a su propia involución. Y eso no es una falla personal. Es una falla civilizatoria.

Analicemos un poco más el siguiente esquema de ideas para comprender mejor la reflexión anterior y evitar malentendidos:

1. Punto de partida: la inversión moderna del ideal tradicional

En las civilizaciones tradicionales, la figura del iniciado, del hombre de conocimiento, del sabio, respondía a un eje vertical, solar, y trascendente: el esfuerzo personal tenía como finalidad la superación de la condición profana, la reintegración al principio, la iluminación o la participación en un orden superior del ser.

La modernidad seculariza esta figura, vacía su contenido metafísico, pero conserva su forma psicológica:

– disciplina,

– esfuerzo individual,

– auto-superación,

– ruptura con la masa.

Aquí se produce la primera gran inversión: lo que antes apuntaba hacia lo alto, se reorienta hacia lo horizontal, lo económico, lo material.

2. El “self-made man” como figura liberal-ilustrada

La cultura del self-made man surge en el marco del liberalismo ilustrado, del individualismo moderno y del desarrollo capitalista. Se presenta como:

  • progreso,
  • emancipación,
  • autonomía del individuo,
  • triunfo del mérito personal.

Sin embargo, desde una lectura tradicional, esto no constituye una elevación del hombre, sino su aislamiento ontológico: el individuo es separado de la comunidad orgánica, de la tradición, del orden simbólico y de toda referencia trascendente, vertical.

El self-made man no es el heredero del sabio, sino su parodia secular.

3. El emprendedor como iniciado invertido

El emprendedor es la figura secular del iniciado, pero de lo opuesto a lo alto. El capitalismo —especialmente en su fase tardía— reutiliza conscientemente o no el arquetipo iniciático, pero lo dirige hacia:

  • acumulación material,
  • éxito económico,
  • visibilidad social,
  • autoexplotación.

El “camino” ya no conduce a la verdad ni a la sabiduría, sino a la optimización de sí mismo como mercancía.

Desde esta perspectiva, el emprendimiento no es liberación, sino una burla a la dignidad humana, porque:

  • disuelve la responsabilidad social,
  • reemplaza la justicia por el “sálvese quien pueda”,
  • reinstala un darwinismo social disfrazado de motivación.

4. Capitalismo, profanación y parodia

Desde esta perspectiva filosófica, y utilizando un lenguaje simbólico, no meramente moral, podemos afirmar que el “capitalismo satánico”, es:

  • una fuerza de inversión,
  • una lógica de profanación,
  • una sistemática caricaturización de lo sagrado.

Todo lo que en la tradición era vertical, el capitalismo lo vuelve funcional;

todo lo que era simbólico, lo vuelve instrumental;

todo lo que era fin, lo convierte en medio.

Este es el rasgo propiamente nihilista del sistema.

5. Culminación: la sociedad del rendimiento (Byung-Chul Han)

El proceso culmina en lo que Byung-Chul Han describe como:

  • el sujeto del rendimiento,
  • la autoexplotación voluntaria,
  • la depresión como patología estructural,
  • el cansancio existencial.

Aquí ya no hay siquiera ilusión de trascendencia. El individuo:

  • se exige infinitamente,
  • se culpa de su fracaso,
  • pierde toda referencia de sentido.

El resultado no es iluminación ni sabiduría, sino agotamiento, vacío y nihilismo.

6. Falsa idea de progreso y diagnóstico final

Desde esta genealogía, queda claro que:

  • no hay progreso,
  • no hay ascenso civilizatorio,
  • no hay emancipación real.

Lo que se presenta como evolución es, en realidad, una profundización del abismo: una caída continua desde lo espiritual hacia lo meramente funcional. El fin último del proceso no es la libertad, sino la destrucción del sentido.

7. Síntesis final

Puede afirmarse, con plena coherencia crítica, que:

  • el self-made man es la secularización del iniciado,
  • el emprendedor es su versión degradada,
  • el rendimiento sustituye a la sabiduría,
  • el éxito reemplaza a la verdad,
  • el nihilismo es el resultado final.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.