Demagogia y populismo, autoritarismo y tiranía: cuatro conceptos que marcan la diferencia entre la virtud política y la decadencia

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En el debate político contemporáneo abundan los términos que se usan con ligereza: populismoautoritarismodemagogia y tiranía. Sin embargo, detrás de esas palabras se esconden diferencias profundas que conviene rescatar, pues de su correcta comprensión depende distinguir cuándo una sociedad vive una renovación política y cuándo, en cambio, se hunde en la corrupción del poder.

Demagogia y populismo: entre la manipulación y la comunión con el pueblo

La demagogia es tan antigua como la democracia misma. Ya Aristóteles advertía que, cuando el pueblo pierde su orientación hacia el bien común, los líderes inescrupulosos aprovechan las pasiones colectivas para manipularlo. El demagogo no busca el bien del pueblo, sino su aplauso; no eleva la conciencia ciudadana, sino que la adormece con promesas vacías. Su discurso está lleno de halagos, resentimientos y falsas esperanzas: es el arte de decirle a la multitud lo que quiere oír, no lo que necesita escuchar.

El populismo, en cambio, aunque comparte con la demagogia un lenguaje dirigido al pueblo, tiene otra raíz y otra intención. El populista, en su sentido más noble, no manipula al pueblo: se identifica con él. Representa su voz frente a élites que se han desconectado de la realidad social. El populismo, entendido así, no es un vicio, sino una reacción moral ante la tecnocracia y la indiferencia de las castas políticas. Puede degenerar en demagogia si se convierte en mera retórica sin transformación real, pero en su forma auténtica, el populismo recuerda a la política su esencia originaria: servir al pueblo y no servirse de él.

Por eso, mientras la demagogia es el síntoma de una democracia enferma, el populismo puede ser la señal de un cuerpo político que intenta sanar recuperando el vínculo entre gobernantes y gobernados.

Autoridad y tiranía: entre el orden legítimo y la violencia del poder

Algo similar ocurre con los conceptos de autoritarismo y tiranía. La palabra autoridad proviene del latín auctoritas, que significa “hacer crecer”, “dar fundamento”. La autoridad no se impone: se ejerce para preservar el orden, garantizar la justicia y proteger a la comunidad. El líder con autoridad inspira respeto porque encarna el principio del bien común, no porque imponga su voluntad por la fuerza.

El autoritarismo, cuando es entendido en su sentido funcional —como firmeza del poder en momentos de crisis o como defensa del orden frente al caos— no es necesariamente negativo. En toda sociedad hay momentos en que la autoridad debe afirmarse para evitar la disolución. Pero cuando la autoridad pierde su legitimidad moral y se vuelve mera imposición personal, degenera en tiranía.

La tiranía es el gobierno del miedo. El tirano ya no ejerce la autoridad para construir, sino para dominar. Sustituye la ley por su capricho, y al ciudadano por el súbdito. Allí donde hay tiranía, desaparece la dignidad humana y la política se convierte en instrumento de opresión.

La decadencia política: cuando el poder olvida su sentido

Tanto la demagogia como la tiranía son signos inequívocos de decadencia: la primera corrompe la palabra, la segunda destruye la ley. Ambas nacen cuando la política deja de ser un servicio y se convierte en un espectáculo o en un mecanismo de control.

El verdadero político no teme ser popular, pero tampoco busca la popularidad; no rehúye ejercer la autoridad, pero la ejerce con justicia. El equilibrio entre pueblo y poder, entre cercanía y firmeza, entre libertad y orden, es la marca de las grandes civilizaciones y de los liderazgos verdaderamente humanos.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.