
El hombre posmoderno y la crisis del sentido: del yo sin forma a la autoexplotación del alma
La época posmoderna ha instaurado una paradoja inquietante: en su intento por liberar al individuo de toda estructura, lo ha dejado sin forma, sin raíces y sin horizonte. La deconstrucción permanente, celebrada como emancipación, ha terminado vaciando de contenido al sujeto. El hombre contemporáneo, cambiante e inestable, ya no posee una identidad sólida ni una brújula espiritual que oriente su existencia.
El filósofo Byung-Chul Han ha descrito este fenómeno con precisión: la sociedad actual ya no está dominada por la represión externa, sino por la autoexplotación voluntaria. El sujeto neoliberal se cree libre, pero en realidad se ha convertido en empresario de sí mismo, siempre exigido, siempre disponible, agotado por la necesidad de “rendimiento” y “automejora”. Este régimen del cansancio sustituye al viejo poder disciplinario por una forma más sutil de dominación: la autoesclavitud disfrazada de libertad.
Al mismo tiempo, la negación de la trascendencia —el olvido de lo sagrado, de lo absoluto, de aquello que da sentido más allá de lo material— ha dejado al individuo suspendido en el vacío. Nietzsche anunció este destino cuando proclamó la “muerte de Dios”: sin una fuente trascendente de valor, el hombre queda arrojado a la intemperie del nihilismo. Pero lo que Nietzsche vislumbró como posibilidad creadora, nuestra era lo ha convertido en parálisis y dispersión.
En la posmodernidad, todo se relativiza: la verdad se disuelve en opinión, la identidad en percepción, el amor en deseo instantáneo. La cultura líquida que Zygmunt Bauman describió se manifiesta en vínculos frágiles, trabajos efímeros y una subjetividad moldeada por la ansiedad. La libertad sin orientación ni sentido trascendente termina siendo una carga insoportable; sin un fin superior, la existencia se reduce a supervivencia emocional.
El hombre actual, desconectado de lo eterno y encerrado en su yo fragmentado, busca en la hiperconectividad el sustituto de la comunión perdida. Pero cuanto más se muestra, más se vacía. Cuanto más se expone, menos se conoce. La promesa tecnológica de un yo expandido ha producido, en realidad, un yo debilitado, incapaz de sostener su propio peso interior.
La consecuencia última de esta crisis es una melancolía estructural: un cansancio del alma que lleva a muchos a contemplar la muerte como única salida ante la falta de sentido. La depresión se convierte en el mal espiritual de nuestro tiempo. No es simple enfermedad, sino un grito silencioso ante un mundo que ha reemplazado la trascendencia por el algoritmo, la interioridad por la productividad y la sabiduría por la información.
Recuperar el sentido exige una revolución interior: reabrir el camino hacia lo sagrado, hacia lo simbólico, hacia la profundidad del ser. Solo un hombre que vuelva a reconocer algo superior a sí mismo podrá reconciliar la libertad con el propósito, la individualidad con la comunidad, el trabajo con la contemplación.
Mientras la posmodernidad celebra la fluidez, quizás el verdadero acto de rebeldía consista en volver a tener forma, en afirmarse como ser con identidad, espíritu y destino. Crisis de sentido es crisis política tenemos los medios pero faltan los fines, no hay un fin trascendente, superior.



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