Venezuela y el fin de la política ideológica en América Latina

5–8 minutos

To read

La reciente intervención militar ilegal de Estados Unidos contra la República Bolivariana de Venezuela, orientada explícitamente a la captura del jefe de Estado en funciones, constituye una violación grave del principio de soberanía y del orden jurídico internacional establecido tras la Segunda Guerra Mundial. Más allá de su desenlace inmediato, este episodio deja al descubierto una de las mayores distorsiones que aún dominan la lectura política en América Latina: la persistente ficción de que el escenario internacional continúa rigiéndose por ideologías.

Pese a que el discurso académico, mediático y diplomático occidental insiste en encuadrar a los actores como representantes de “izquierdas” y “derechas”, esta interpretación no solo es falsa, sino profundamente anacrónica. La Guerra Fría terminó hace más de treinta años, y con ella el mundo bipolar ideológico que muchos siguen invocando como recurso retórico. En su lugar, se ha consolidado un orden donde la política real se expresa sin máscaras: uso de la fuerza, sanciones económicas, coerción financiera, control de recursos estratégicos y disputas abiertas por el equilibrio de poder.

Venezuela no es un caso excepcional ni aislado. La región ya ha sido escenario de intervenciones justificadas bajo argumentos morales o ideológicos que ocultaban intereses estratégicos muy concretos. Panamá en 1989, con la captura de Manuel Noriega; Irak en 2003, bajo el pretexto de armas inexistentes; Libia en 2011, con la eliminación de Gadafi tras una supuesta operación humanitaria: en todos estos casos, la retórica de la democracia y los derechos humanos funcionó como cobertura de decisiones geopolíticas orientadas al control territorial, energético y estratégico. El patrón se repite, aunque cambien los discursos

La experiencia venezolana demuestra con claridad que las alianzas internacionales no se construyen sobre afinidades doctrinarias, sino sobre intereses concretos de poder, recursos estratégicos y posicionamiento geopolítico. Para la izquierda latinoamericana tradicional, la lección debería ser evidente: la relación de Venezuela con China y Rusia nunca fue una alianza ideológica. No existe entre estos actores una comunidad de valores políticos o sociales; lo único que los articula es su oposición estratégica a la hegemonía única occidental y su interés en disputar espacios en el orden internacional. Se trata de geopolítica en estado puro, no de socialismo, antiimperialismo ni solidaridad entre pueblos.

Del mismo modo, la derecha latinoamericana debería abandonar la ilusión de que las potencias occidentales actúan movidas por principios democráticos o altruismo moral para defender la democracia. Eso no existe. La política exterior de Estados Unidos hacia Venezuela responde, ante todo, a intereses estratégicos y económicos: control regional, recursos naturales especialmente el petróleo, y contención de competidores como China y Rusia. ¿Acaso se puede negar el interés de Trump por el oro negro de Venezuela? Negar este hecho equivale a desconocer cómo funciona el poder real. Si la democracia fuera el motor central de su acción exterior, los criterios serían coherentes y universales, cosa que la experiencia histórica desmiente.

Esta confusión ideológica se vuelve aún más evidente cuando se analiza el problema del liderazgo político. El caso de María Corina Machado es ilustrativo. Durante años fue presentada por Washington y por buena parte del aparato mediático occidental como la gran figura moral y política llamada a encabezar una “transición democrática” en Venezuela. Su reciente y cuestionado reconocimiento internacional, incluido el uso simbólico del Premio Nobel como instrumento de legitimación, no se tradujo en poder real, control institucional ni capacidad efectiva de gobernar.

Más aún, desde el propio entorno político estadounidense han surgido señales claras de distanciamiento. El mismo Donald Trump, lejos de sostener una narrativa épica o ideológica, ha dicho abiertamente que Machado no cuenta con el respaldo popular ni con la fuerza política necesaria para hacerse cargo del gobierno venezolano. El mensaje es inequívoco: una vez agotada su utilidad estratégica como pieza de presión y propaganda, su figura se vuelve prescindible. No hay traición ni incoherencia en esto; hay realismo político.

Este episodio debería ser motivo de reflexión para otros países de la región, particularmente para Costa Rica y su actual oficialismo. Persistir en una política exterior subordinada, basada en la adhesión acrítica al discurso ideológico de una sola potencia, revela una comprensión superficial del orden internacional contemporáneo. En geopolítica, la lealtad no garantiza protección, y la alineación automática no genera respeto. Cuando un actor deja de ser funcional o se convierte en un estorbo, es descartado sin miramientos, independientemente de su obediencia previa.

En el contexto geopolítico actual, atar el destino de un país pequeño a una única potencia no solo es una muestra de analfabetismo geopolítico e ingenuidad estratégica, sino uno de los errores más graves que puede cometer un Estado. La soberanía no se preserva mediante la sumisión ideológica, sino a través del equilibrio, la diversificación de relaciones y una lectura realista de los intereses en juego. Costa Rica no es la excepción a esta regla; creer lo contrario es desconocer la lógica profunda del poder internacional.

Estados Unidos no actúa para “salvar democracias”, del mismo modo que China y Rusia no intervienen para imponer sus modelos políticos, económicos o sociales a terceros. Su estrategia no pasa por la exportación ideológica ni por la conversión de otros Estados a un sistema determinado (como Occidente lo hace), sino por la negociación pragmática, la ampliación de relaciones económicas y la construcción de equilibrios favorables a sus intereses. Su objetivo es asegurar mercados, recursos, rutas estratégicas y reconocimiento como actores centrales del orden internacional, manteniendo relaciones funcionales con gobiernos de distinto signo político siempre que estos no obstaculicen sus intereses estratégicos.

Este episodio deja una lección más amplia para América Latina: interpretar a Trump y a la política estadounidense en general desde categorías ideológicas es un error grave. Trump no actúa como liberal, conservador o defensor de valores universales; actúa como un actor pragmático, transaccional y orientado a intereses concretos. Quien no entiende esta lógica termina siendo utilizado, expuesto y finalmente descartado. El precio de leer la política desde la ideología, y no desde el realismo, es siempre el mismo, y nosotros, los latinoamericanos llevamos las de perder si no despertamos.

En el nivel donde se juega la política internacional no existen amigos permanentes ni enemigos eternos, sino intereses negociables y relaciones de fuerza cambiantes. Las posturas ideológicas o morales pueden servir para consumo interno, movilización social o legitimación discursiva, pero son secundarias frente a la lógica estructural del poder. Todo se negocia, todo es transaccional.

Estados Unidos no actúa para “salvar democracias”, del mismo modo que China y Rusia no intervienen para promover modelos alternativos de justicia social. A unos les interesa mantener su control histórico sobre la región y sus recursos; a otros, desplazar competidores y asegurar mercados, rutas y posiciones estratégicas. El conflicto no es ético ni ideológico: es una disputa por poder y orden internacional.

Venezuela funciona así como un espejo incómodo para América Latina. Mientras sus élites sigan leyendo el mundo con categorías caducas —izquierda, derecha, progresismo, conservadurismo— seguirán tomando decisiones erradas y repitiendo fracasos. Comprender que la política contemporánea se rige por intereses, soberanía, recursos y equilibrio de poder no implica cinismo ni renuncia a principios, sino lucidez. Sin realismo no hay política posible, y sin una comprensión profunda del orden que estructura el mundo, toda narrativa ideológica termina siendo un autoengaño funcional al poder de otros.

Mauricio Ramírez Núñez

Deja un comentario

Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.