
Esta breve reflexión parte de una constatación central: en Occidente se ha producido una profunda confusión entre espiritualidad y capitalismo, hasta el punto de que ambos han terminado por solaparse. Esta confusión no es accidental ni inocua; constituye uno de los núcleos de la crisis civilizatoria actual.
Desde una perspectiva no moderna, es decir, desde el horizonte de las sociedades premodernas, que no es sinónimo de atrasadas o retrógradas, la realidad espiritual se estructura en torno a dos grandes ejes simbólicos y metafísicos: el eje solar y el eje lunar. El eje solar representa el principio trascendente, supra humano, vertical, superior y ordenador; está asociado a lo masculino en sentido arquetípico —no biológico—: autoridad, jerarquía, virtud, orientación hacia lo alto. El eje lunar, por su parte, corresponde al principio femenino, material, horizontal y receptivo; es el ámbito de la naturaleza, la inmanencia, la fecundidad y la manifestación.
Ambos principios son necesarios y complementarios. La vida solo se sostiene cuando existe un equilibrio entre ellos. Sin embargo, cuando estos principios se invierten —cuando lo material se impone sobre lo trascendente, cuando lo lunar subordina y eclipsa lo solar— el orden se descompone. No se trata de una cuestión de creencias subjetivas: estos principios operan con la misma objetividad que una ley física. La ley de la gravedad no necesita ser aceptada para actuar; del mismo modo, los principios metafísicos no dependen de la adhesión del hombre moderno para producir sus efectos. Son principios impersonales, perennes, de ahí su nombre de “tradicionales”.
Las sociedades antiguas comprendían esto con claridad. Por ello, se fundaban sobre una estructura vertical: el poder y la legitimidad provenían de “arriba”, no de “abajo”; del principio paterno y trascendente, no del meramente material. La figura del héroe encarnaba valores supra humanos: sacrificio, honor, virtud, dominio de sí. Nunca el vicio, el hedonismo o la satisfacción inmediata del deseo.
En este sentido, resulta particularmente esclarecedor el aforismo 38 del Tao Te Ching, atribuido a Lao Tsé: cuando se pierde el Tao aparece la virtud; cuando se pierde la virtud aparece la benevolencia; cuando se pierde la benevolencia aparece la rectitud; y cuando se pierde la rectitud queda el ritual vacío. Esta secuencia describe con precisión el proceso de degradación por el cual una civilización sustituye el principio trascendente vivo por normas, códigos y finalmente por formalismos sin espíritu. Occidente parece haber recorrido ese camino completo.
La gran falacia de la posmodernidad occidental consiste en sostener que puede existir una espiritualidad sin Dios, es decir, sin un principio solar, trascendente y fundante. Todo queda reducido al eje lunar: lo material, lo psicológico, lo individual, lo utilitario. Esta “espiritualidad” descafeinada no produce héroes, sino oportunistas; no orienta hacia valores superiores, sino hacia la autoafirmación del ego y la voluntad individual desligada de todo orden superior.
La gran paradoja de la civilización contemporánea consiste en que rechaza la religiosidad clásica —en particular el cristianismo y el catolicismo— calificándola de atávica, irracional y premoderna, mientras simultáneamente adopta sin mayor cuestionamiento un amplio repertorio de creencias y prácticas new age. Tarot, astrología, “energías”, “malas vibras”, amuletos o el uso de hilos rojos con supuestas propiedades protectoras se normalizan como formas legítimas de espiritualidad.
Paradójicamente, muchas de estas prácticas remiten a esquemas claramente animistas y supersticiosos, históricamente más primitivos que los sistemas teológicos y rituales altamente estructurados del cristianismo. Así, lo que se presenta como superación racional de la religión termina siendo, en realidad, una regresión a formas difusas de sacralidad precrítica, desprovistas de logos, doctrina y principio trascendente.
En este marco, el liberalismo resulta plenamente compatible con aquello que, en términos simbólicos, puede denominarse satanismo. Ambos parten de un mismo mito fundante: el individuo como centro del universo, y su libertad entendida como fin último y absoluto. No existe nada por encima de él: ni orden trascendente, ni jerarquía ontológica, ni principio superior que limite, oriente o juzgue su voluntad. La libertad deja de ser un medio para realizar el bien y se convierte en un valor en sí mismo, no hay bien ni mal, solo mi voluntad, incluso cuando se ejerce contra toda noción de verdad, virtud o bien común.
Si se despoja al concepto de satanismo de su carga teológica literal, para evitar que se nos diga fanáticos religiosos, puede entenderse racionalmente como la exaltación del individualismo absoluto, del materialismo, del éxito medido en términos puramente económicos y de la negación de cualquier principio creador o trascendente. Bajo esta lectura, el satanismo no es una caricatura religiosa, sino una representación simbólica precisa del espíritu del liberalismo radical y, por extensión, de la civilización occidental contemporánea.
Por ello, cuando se afirma que Occidente es una civilización “satánica”, no se trata de un insulto retórico, una provocación vacía o simple fundamentalismo religioso, sino de una descripción conceptual crítica: una civilización egoísta, materialista y hedonista, que ha expulsado a Dios —es decir, al principio trascendente— de su centro. Y una civilización que pierde su centro pierde también su jerarquía, su orientación y, finalmente, su sentido.
Sobre la Polaridad Solar/Lunar en las Sociedades Tradicionales
Las tradiciones china, griega, hindú y cristiana medieval, pese a sus diferencias culturales y simbólicas, coinciden en una misma estructura metafísica fundamental: la realidad está organizada según una polaridad complementaria y jerárquica entre un principio superior, trascendente y ordenador, y un principio inferior, manifestado y receptivo. Esta estructura es lo que, en términos generales, puede denominarse polaridad solar–lunar.
1. China: Yin y Yang
En la tradición china, esta polaridad se expresa como Yang y Yin:
- Yang: cielo, luz, actividad, verticalidad, principio masculino y solar.
- Yin: tierra, oscuridad, receptividad, horizontalidad, principio femenino y lunar.
Aunque ambos principios son necesarios, el orden cósmico (Dao) se mantiene cuando el Yin no se emancipa del Yang. La desarmonía aparece cuando lo receptivo pretende gobernar sin lo ordenador.
En la tradición China, por ejemplo, el hombre es situado entre el cielo (lo trascendente, lo espiritual, principio solar) y la tierra (lo inmanente, lo material, principio lunar); siendo el hombre —como hijo del cielo y de la tierra— intermediario entre los dos, explica el Tao Te Ching.
2. Grecia: Logos (inteligencia) y Physis (naturaleza)
En Grecia, la polaridad no se simboliza de forma unitaria, pero atraviesa toda su cosmovisión:
- Cielo (Ouranós), Apolo, Nous, Logos, Forma: principio solar, inteligible y jerárquico.
- Tierra (Gaia), Dioniso, Physis, Materia: principio lunar, telúrico y vital.
La noción de hybris expresa exactamente el peligro de la inversión: cuando lo inferior desconoce su límite y desafía al principio superior, el orden se rompe y sobreviene la decadencia.
3. Hinduismo: Purusha y Prakriti
El hinduismo formula esta estructura con claridad metafísica:
- Purusha / Shiva / Brahman: conciencia pura, trascendente, solar.
- Prakriti / Shakti / Maya: energía, naturaleza, manifestación, lunar.
La liberación no consiste en negar la manifestación, sino en restaurar la primacía de la conciencia sobre la energía y el deseo. El Kali Yuga es precisamente la época en que esta jerarquía se invierte. No en vano, los estudiosos de estos temas afirman que actualmente la humanidad se encuentra en la edad de hierro o Kali Yuga.
4. Cristianismo medieval: Dios y creación
En la cristiandad tradicional:
- Dios: acto puro, causa primera, trascendencia absoluta.
- Creación: contingente, participada, dependiente.
A esta estructura metafísica se suma una expresión simbólica clara de la polaridad solar–lunar en el corazón mismo del cristianismo. Cristo —el Logos encarnado— representa el principio solar: luz, verdad, eje vertical, mediación entre el cielo y la tierra. No es casual que el Evangelio lo identifique como Lux mundi y que la iconografía cristiana lo asocie al resplandor, la gloria y la realeza.
La Virgen María, por su parte, encarna el principio lunar y femenino: receptividad, fecundidad, mediación maternal, tierra santificada que recibe el Verbo. María no genera el principio, lo acoge; no sustituye al Logos, lo hace posible en la historia. Esta relación no es de oposición ni de igualdad indiferenciada, sino de complementariedad jerárquica, donde lo lunar está plenamente ordenado a lo solar.
La Iglesia católica, a diferencia de las espiritualidades modernas fragmentarias, conserva ambos principios de forma orgánica y necesaria: el eje solar-cristológico y el principio lunar-mariano. Allí donde esta complementariedad se mantiene, existe orden, encarnación y continuidad; cuando se rompe —ya sea por la negación de lo femenino o por la absolutización de lo materno sin referencia al Logos— se produce desequilibrio doctrinal y espiritual.
El orden social reflejaba este principio: la autoridad derivaba de lo alto, y la libertad humana solo tenía sentido dentro de la verdad y el bien. La rebelión luciferina es, simbólicamente, la inversión primordial del orden.
Todas las grandes civilizaciones tradicionales coinciden en una verdad esencial: el cosmos es jerárquico. El principio material, vital y lunar es indispensable, pero debe permanecer subordinado al principio espiritual, solar y trascendente. La decadencia comienza cuando esta jerarquía se niega, se invierte o se ridiculiza.
La modernidad occidental, al absolutizar el individuo, la materia y el deseo, no ha hecho otra cosa que romper conscientemente con esta estructura perenne. El resultado no es liberación, sino desorientación, pérdida de sentido y disolución del orden, tanto interior como civilizatorio.



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