El antidebate que nos recordó quiénes somos

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El antidebate de TDMás, ocurrido ayer, llamó precisamente la atención de la ciudadanía porque no fue un debate. No hubo confrontación forzada, gritos ni descalificaciones. En su lugar, se desarrolló una conversación informal, amena y respetuosa entre candidaturas de distintas ideologías, capaces de escucharse, discrepar y coincidir sin la necesidad de anular al otro. Esa ausencia deliberada de beligerancia permitió algo poco común: que el público se acercara a los perfiles con mayor claridad, generando comentarios positivos y una comprensión más humana de cada candidatura. Ese hecho, que algunos podrían considerar menor o incluso “poco confrontativo”, es en realidad profundamente político. En el fondo, representa una forma muy costarricense de entender la vida pública.

El fondo cultural: la herencia de Ochomogo

Lo que se expresó en ese espacio no es casualidad. Tiene raíces profundas en nuestra historia política y social. El Pacto de Ochomogo, más allá de su dimensión histórica concreta, simboliza una idea fundacional del ser costarricense: el conflicto no se resuelve destruyendo al adversario, sino reconociéndolo como parte del mismo proyecto nacional.

En Ochomogo no se anuló el conflicto, pero sí se subordinó a un valor más alto que las diferencias: la continuidad moral de la comunidad nacional. Sin ese horizonte trascendente —llámese bien común, justicia o dignidad humana— ningún acuerdo es posible, porque toda negociación se degrada en imposición o cálculo. Lo que ahí ocurrió fue, en esencia, el reconocimiento tácito de que hay algo más alto que ganar o perder una guerra: la preservación del orden humano que hace posible la convivencia.

Esa lógica —la de que el país está por encima de las trincheras ideológicas o personales— sigue viva. Ayer se manifestó con naturalidad: personas con visiones distintas lograron entenderse en temas diversos, aunque no fuesen de gran profundidad, sin renunciar a sus posiciones, pero sin convertir la diferencia en enemistad. Eso es identidad política compartida.

La humanidad como categoría política

Un comentario que leí en redes sociales lo resumía con sencillez y profundidad:

“Ariel Robles muy humano, Claudia Dobles muy líder, Juan Carlos Hidalgo muy técnico y Álvaro Ramos muy tierno”.

Esa frase dice más que muchos análisis sofisticados, porque no remite a etiquetas ideológicas ni a trincheras doctrinarias, sino a rasgos humanos. Y ahí está la clave: así se construye la política en sociedades maduras, donde las personas no son reducidas a caricaturas ni convertidas en enemigas, sino reconocidas como seres humanos con virtudes, límites y estilos distintos.

La Costa Rica de la segunda mitad del siglo XX nació políticamente de ese reconocimiento mutuo. No de la anulación del otro, sino de la convivencia entre diferencias profundas. Esa fue la lógica que hizo posible, primero, la gran reforma social de los años cuarenta, cuando figuras provenientes de mundos ideológicos opuestos —Monseñor Víctor Manuel Sanabria, Manuel Mora y el doctor Rafael Ángel Calderón Guardia— entendieron que el país estaba por encima de sus discrepancias. Y esa misma lógica reapareció después de 1948, con el Pacto de Ochomogo, cuando José Figueres y Manuel Mora optaron por terminar la guerra y fundar un nuevo acuerdo nacional.

En ambos momentos, la política costarricense avanzó no por la imposición de una visión única —como hoy pretenden algunos, bajo el falso argumento de que una mayoría basta para agotar la democracia y legitimar el aplastamiento del otro—, sino por la capacidad de reconocer al adversario como parte indispensable de un mismo proyecto de país.

El contraste necesario: la política del conflicto vacío

El antidebate también dejó en evidencia otra realidad: la pobreza de una política basada exclusivamente en la confrontación. Hay quienes creen que hacer política consiste en hablar mal, tratar mal, provocar y dividir. Sin embargo, una democracia sana exige posturas claras, ideología, valores y debates firmes —incluso duros— sobre las ideas. Eso es legítimo y necesario.

Lo que no es legítimo es confundir la fuerza del debate con la degradación del trato. Esa forma de hacer política no representa nada nuevo ni mejor: no propone, no construye y, sobre todo, no eleva el nivel humano del debate público. La confrontación por la confrontación no es valentía; es oportunismo. Y el oportunismo no produce soluciones, solo ruido. No vuelve a nadie más íntegro, más lúcido ni más capaz; simplemente reproduce el mismo vacío, con un tono más estridente.

Una lección sencilla, pero profunda

Lo de ayer recordó algo elemental: las cosas pueden resolverse hablando, escuchando y reconociendo al otro, incluso y, sobre todo, cuando se piensa distinto. Esa no es debilidad; es madurez democrática. Es, en esencia, ser costarricense.

Que hayan faltado candidaturas con posturas distintas es una carencia, sin duda. Pero no invalida el mensaje central: la identidad común y el interés real por el país pueden existir y expresarse aun en medio de la diversidad ideológica y partidaria.

Tal vez no fue un gran acontecimiento. Pero fue, sin duda, una señal importante en un momento en que el país parece acercarse peligrosamente a una fractura profunda. Una señal de que el entendimiento, el respeto y la conversación entre diferencias aún son posibles, y de que esa tradición que nos dio origen como comunidad política todavía no se ha extinguido.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.