Cuando la lucha de clases deja de ser central: China y el marxismo en la era pos-trabajo

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摸着石头过河 (mō zhe shítou guò hé) “Cruzar el río tocando las piedras”. Deng Xiaoping.

Durante más de un siglo, la contradicción capital-trabajo ha sido considerada el motor fundamental de la historia de las sociedades modernas. Desde Marx hasta gran parte de la izquierda contemporánea, la lucha de clases se asumió no solo como un fenómeno persistente, sino como el eje estructurante de toda transformación social. Sin embargo, el desarrollo tecnológico acelerado, la automatización y la digitalización de la economía están erosionando los fundamentos materiales sobre los que se asentaba dicha contradicción. En este contexto, el caso chino resulta especialmente revelador: sin negar la lucha de clases, la ha desplazado deliberadamente de su posición central.

La redefinición china de la contradicción principal

El marxismo chino parte de una premisa clave del materialismo dialéctico: las contradicciones no operan todas con la misma intensidad ni ocupan el mismo lugar histórico en cada etapa del desarrollo social. Desde Mao Zedong, y con mayor claridad desde Deng Xiaoping, se introduce la idea de que la contradicción principal puede cambiar. En la China contemporánea, esta ya no es la lucha directa entre capital y trabajo, la clásica lucha de clases, afirma el profesor Xulio Ríos, sino la tensión entre un desarrollo aún desigual e insuficiente y las crecientes aspiraciones del pueblo a una vida digna.

Este desplazamiento no implica una renuncia al marxismo, sino una lectura histórica concreta de sus categorías. La lucha de clases subsiste, pero ha sido relegada a un plano secundario frente a una prioridad considerada estratégica: erradicar la pobreza, superar el atraso histórico y completar la modernización integral del país como condición para el “gran renacimiento de la nación china”.

Desarrollo de las fuerzas productivas como criterio político

En este marco, China adopta un criterio de evaluación política profundamente materialista: una política es correcta si contribuye al desarrollo de las fuerzas productivas y mejora efectivamente las condiciones de vida del pueblo. La coherencia ideológica cede su lugar a la eficacia histórica. El mercado, el capital privado y la inversión extranjera no son vistos como fines en sí mismos, sino como instrumentos subordinados a un proyecto nacional conducido políticamente por el PCCh.

Este enfoque rompe con la tradición occidental de oposición abstracta entre socialismo y mercado. En el caso chino, el capital no desaparece, pero tampoco gobierna: es tolerado, regulado y, llegado el caso, disciplinado cuando entra en conflicto con los objetivos estratégicos del Estado.

La automatización masiva y el reemplazo progresivo del trabajo humano por máquinas plantean un desafío radical al marxismo clásico. Si el trabajo deja de ser el principal factor de producción y fuente de valor, la contradicción capital-trabajo pierde su centralidad objetiva. En este escenario, insistir en ella como eje absoluto de la política corre el riesgo de convertirse en un gesto nostálgico más que en una estrategia transformadora con impacto real.

China parece haber anticipado esta mutación histórica. Al desplazar la lucha de clases del centro del discurso y de la práctica política, prepara el terreno para una economía donde el bienestar social no depende exclusivamente del empleo, sino de la capacidad del Estado para controlar el excedente, orientar la inversión tecnológica y redistribuir los frutos del desarrollo.

Capital dirigido y control de la desigualdad

Una de las características más singulares del modelo chino es el uso dirigido del capital. A diferencia del capitalismo neoliberal, donde la acumulación tiende a autonomizarse, en China el capital está subordinado a objetivos políticos explícitos: estabilidad social, soberanía nacional y prosperidad común. Cuando sectores económicos o grandes conglomerados amenazan estos fines, el Estado interviene sin ambigüedades.

Este modelo no elimina la desigualdad en su totalidad, pero busca contenerla dentro de límites políticamente manejables, evitando que se transforme en un factor de descomposición social o de captura del poder político por intereses privados. Los resultados son innegables.

¿Una superación práctica del marxismo clásico?

La experiencia china sugiere que el marxismo, para sobrevivir en la era digital, debe desprenderse de algunas de sus categorías más rígidas. El proletariado industrial deja de ser el sujeto exclusivo de la historia, y la lucha de clases ya no puede funcionar como principio organizador único. En su lugar, emerge una concepción más amplia del sujeto político: el pueblo en su conjunto, articulado por un Estado fuerte, planificador y tecnológicamente competente.

En este sentido, China no “traiciona” al marxismo, sino que intenta preservarlo mediante su transformación. Abandona la centralidad mítica de la lucha de clases para conservar lo que considera su núcleo racional: la primacía de las condiciones materiales, la planificación consciente del desarrollo y la subordinación del capital al interés colectivo.

En un mundo donde el trabajo humano tiende a perder su papel histórico central, la insistencia dogmática en la contradicción capital-trabajo puede convertirse en un obstáculo teórico y político. China ofrece una alternativa controversial pero coherente: reconocer la persistencia de la lucha de clases, pero subordinarla a un proyecto de desarrollo nacional que anticipe la era pos-trabajo.

Más que una herejía, este giro puede interpretarse como un intento de mantener vivo el marxismo en un mundo donde las condiciones que le dieron origen están desapareciendo. El interrogante ya no es si la lucha de clases continúa, sino si puede seguir siendo el eje central de la política en una economía cada vez más automatizada y controlada por el capital tecnológico.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.