¿Hacia el fin de la contradicción que dio vida a la lucha política moderna? Cuando el capital ya no necesita trabajadores

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“La vida de la mayor parte ya no es legítima sino “tolerada”, consentida por pura benevolencia, por sentimentalismo…gente frustrada, que vive en el desconcierto mas total…víctimas de mercados y empresas transnacionales, fueron convencidos de que “ser” es solo rendir, producir, ganar” Padre Alfredo Sáenz. 

La acelerada transformación tecnológica de la economía global plantea un desafío estructural a las categorías fundamentales de las ideologías modernas, especialmente al marxismo clásico. En un escenario donde el trabajo humano es progresivamente sustituido por sistemas automatizados, IA, algoritmos y máquinas inteligentes, y donde amplios sectores de la población pasan a ser económicamente prescindibles, la centralidad del trabajo como eje explicativo de las contradicciones del capital comienza a erosionarse. La lógica industrial de la producción, sobre la cual se edificó gran parte de la crítica marxista, resulta cada vez menos adecuada para comprender el funcionamiento del capitalismo digital contemporáneo.

Si el trabajo deja de ser el polo principal de la contradicción —esto es, si ya no existe una relación directa y masiva de explotación laboral ni una extracción de plusvalía basada necesariamente en el tiempo de trabajo humano— surge una pregunta decisiva: ¿desde qué categorías conceptuales puede articularse hoy una lucha política contra el poder sin límites del capital? En la era de las plataformas, de la renta tecnológica, del control de datos y de la automatización, el conflicto ya no se organiza primordialmente en torno a la fábrica, el salario o la jornada laboral, sino alrededor del acceso, la exclusión y el control de los medios tecnológicos, informacionales y financieros que estructuran la vida social.

La injusticia ya no se manifiesta únicamente como explotación, sino como descarte, irrelevancia y subordinación sistémica. El problema central deja de ser cuánto se le extrae al trabajador y pasa a ser quién es incorporado al sistema y quién queda fuera de él; quién posee los algoritmos, los datos, las infraestructuras digitales y la capacidad de decisión, y quién queda reducido a objeto de administración, vigilancia o asistencia. En este contexto, la acumulación de capital puede prescindir del trabajo humano directo sin por ello perder su capacidad de concentración, dominación y reproducción del poder.

Esto obliga a replantear los motores de la acción política y las causas capaces de movilizar mayorías sociales. Si la explotación laboral ya no es el fundamento universal de la injusticia, las nuevas causas de masas tenderán a articularse en torno a la dignidad humana, el acceso efectivo a los bienes comunes materiales e inmateriales, la soberanía tecnológica, el control democrático de los datos, la protección frente al descarte social y la defensa de formas de pertenencia, sentido y reconocimiento que el mercado digital no puede garantizar.

El límite de las ideologías modernas, y del marxismo en particular, radica en su dependencia de una antropología centrada casi exclusivamente en el trabajo como mediación entre el individuo y la sociedad. La era digital revela la insuficiencia de esta premisa y exige una crítica del capital que incorpore dimensiones políticas, culturales, tecnológicas y ontológicas más amplias.

La lucha contra la injusticia ya no puede basarse únicamente en la redistribución del producto del trabajo, sino en la disputa por los criterios mismos que definen qué vidas cuentan, qué actividades tienen valor y bajo qué principios se organiza la comunidad política en un mundo donde el capital ya no necesita a todos, pero sigue gobernando a todos.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.