Del Che a Bad Bunny: anatomía de una renuncia

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“Al hombre light no le interesan más los héroes y los santos, como en otras culturas. Sus modelos son los que han triunfado económicamente, gente llena de cosas pero a la intemperie metafísica”. Padre Alfredo Sáenz.

Hay una pregunta que me ronda después del comentado show del Súper Bowl el pasado fin de semana, y que hoy se vuelve imposible de esquivar. No es una provocación con mala intención ni un gesto de superioridad moral. Es una pregunta seria, dirigida a amigos inteligentes, formados y bienintencionados, a quienes respeto profundamente aunque no comparta sus conclusiones:

¿en qué momento la izquierda y el progresismo occidental pasaron de defender el ideal revolucionario del Che Guevara a defender —casi como a un héroe— a Bad Bunny? ¿En qué punto ocurrió ese giro? ¿De qué me perdí?

Ernesto “Che” Guevara, con todas sus contradicciones, errores y sombras, representaba algo claro y duro: sacrificio personal, ruptura con el orden establecido, voluntad de transformación radical y una ética de la coherencia entre discurso y vida. Se puede criticar su legado, cuestionar sus métodos o rechazar su proyecto político, pero lo que no se puede negar es que el Che encarnaba una gran causa, una apuesta total por una visión del mundo.

Hoy, en cambio, el nuevo icono que buena parte del progresismo cultural defiende con fervor no es un revolucionario, ni un pensador, ni siquiera un disidente político real. Es un producto de la industria cultural global, exitoso, rentable, perfectamente integrado al mercado que supuestamente se critica. Bad Bunny no vive contra el sistema: vive del sistema, para el sistema y gracias al sistema.

Y aquí conviene ser precisos: esto no es un ataque personal ni una descalificación estética. Bad Bunny puede gustar o no gustar; puede ser talentoso o no; puede representar a sectores culturales específicos y generar identificación emocional legítima. Todo eso es respetable.

Lo que no es sostenible es presentarlo casi como heredero simbólico de una tradición revolucionaria que implicaba riesgo real, confrontación real y renuncia real. ¡Aquí es donde creo que me perdí de algo!

La izquierda occidental contemporánea parece haber abandonado las grandes causas para refugiarse en gestos simbólicos de bajo costo. Donde antes había lucha estructural, ahora hay representación. Donde antes había crítica al capital, ahora hay consumo “consciente”. Donde antes se hablaba de explotación, imperialismo o soberanía, hoy se habla casi exclusivamente de identidad personal, estética y validación emocional.

El Che incomodaba al poder; Bad Bunny es celebrado, financiado y amplificado por él. Que se oponga de forma coyuntural a alguna postura del presidente de turno en Estados Unidos no lo convierte en líder revolucionario ni en referente progresista serio: eso, lejos de ser subversión, encaja perfectamente como estrategia de posicionamiento y marketing político-cultural.

El primero fue perseguido, derrotado militarmente y ejecutado porque representaba una amenaza real al orden establecido; el segundo es portada de revistas, embajador de marcas multinacionales y pieza central del entretenimiento global. Uno fue un problema para el sistema; el otro es uno de sus productos más rentables.

Pretender que ambos puedan ocupar el mismo lugar simbólico no es solo una exageración ingenua: es la admisión tácita de que la izquierda occidental ya no produce revolucionarios, sino celebridades; ya no desafía al poder, lo consume y lo aplaude.

El progresismo actual no ha “evolucionado”; ha renunciado. Ha cambiado la transformación del mundo por la gestión del relato. Ha sustituido la ética del sacrificio por la ética del like. Ha pasado de la política como conflicto a la cultura como mercancía.

Por eso la pregunta no es retórica ni malintencionada. Es profundamente política:

¿cuándo dejamos de aspirar a cambiar el orden y empezamos a conformarnos con sentirnos representados dentro de él?

¿En qué momento la rebeldía se volvió una pose rentable y la crítica al sistema se volvió un eslogan perfectamente digerible por el mercado?

Defender a Bad Bunny no es un problema. Convertirlo en símbolo de algo que no es, sí. Porque cuando los íconos se vacían de contenido, lo que queda no es pluralismo ni progreso: es una izquierda sin horizonte, sin riesgo y sin grandeza.

Y entonces, inevitablemente, uno vuelve a preguntarse:

¿de qué momento exacto me perdí… o fue que, simplemente, algunos dejaron de querer mirar lo que estaban perdiendo?

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.