Neoliberalismo y wokismo: una crítica desde Hinkelammert

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Franz Hinkelammert fue un pensador de enorme lucidez y un referente central del pensamiento crítico latinoamericano. Al caracterizar el neoliberalismo como una teología secular, un orden que se presenta como natural, inevitable y ahistórico, y que convierte al mercado en criterio último de verdad y racionalidad, formuló una de las críticas más profundas al neoliberalismo contemporáneo.

Esta crítica es sólida y ampliamente compartida. No obstante, el desafío ahora no consiste en corregirla ni refutarla, sino en desarrollarla más allá de sus propios límites explícitos. El punto no es que Hinkelammert no reconozca el carácter totalizante del neoliberalismo: lo hace con claridad al mostrar cómo la racionalidad económica se impone como medida de todas las cosas, incluso fuera de la economía, bajo los parámetros de eficiencia, cálculo y utilidad.

Precisamente porque su andamiaje crítico es tan consistente, permite avanzar un paso más y explorar niveles que su análisis deja abiertos: no solo la colonización económica de lo político, social y lo cultural, sino el trasfondo ontológico (valores, normas e ideas) de dicha racionalidad que hace posible esa totalización y que produce un statu quo determinado. El neoliberalismo no solo coloniza lo social, lo cultural y lo simbólico desde la lógica del negocio; produce además una cultura cuya base ontológica es una racionalidad nihilista y materialista de base profundamente individualista y hedonista, que vacía de sentido todo aquello que no sea cuantificable, rentable o instrumentalizable.

Desde esta ampliación crítica, es posible sostener que la cultura woke no son una anomalía externa ni una simple desviación identitaria de la izquierda, sino una expresión coherente, aunque paradójica, de la misma racionalidad neoliberal. Aunque discursivamente se presente como anticapitalista o progresista, el wokismo comparte con el neoliberalismo una misma matriz ética y antropológica.

Pero, antes de seguir, es importante tener claro lo que se entiende aquí como wokismo. La llamada cultura woke se manifiesta como un clima cultural y simbólico que atraviesa el lenguaje, la academia, la industria cultural y la política contemporánea. Se expresa en la imposición de una ortodoxia lingüística o también conocido como “lenguaje inclusivo”, presentado como imperativo moral, en la cultura de la cancelación que sustituye el debate por el castigo simbólico, y en una producción cultural donde la identidad se convierte en cuota y mercancía.

En el ámbito educativo y académico, desplaza el análisis estructural por una política identitaria centrada en el reconocimiento, mientras que en el plano bioético absolutiza la autonomía individual de la vida ya dada, en debates como el aborto o la eutanasia, desligándola de la reproducción de la vida como bien común. El resultado es un sujeto fragmentado, desarraigado de la historia, la comunidad y la naturaleza, cuya autoidentificación subjetiva se erige como criterio último de verdad. Así, bajo una retórica emancipatoria, la cultura woke opera como una racionalidad moralizante que neutraliza el conflicto social real y se integra sin fricciones al horizonte ontológico del neoliberalismo tardío.

Para Hinkelammert, el núcleo del neoliberalismo no es el mercado en sí, sino una racionalidad invertida: aquella en la que los medios se absolutizan y los fines se sacrifican. La vida humana y natural deja de ser el criterio que orienta la racionalidad, y pasa a ser subordinada a abstracciones de eficiencia, competencia, crecimiento que, en la práctica, producen muerte sin reconocerse como irracionales.

De este modo, el wokismo puede entenderse como una nueva teología secular. Se presenta como el resultado “natural” de una supuesta evolución moral de los derechos humanos y de la libertad individual. Sus postulados no se discuten: se asumen como evidentes, inevitables y moralmente incuestionables. Quien los cuestiona es expulsado del espacio simbólico hegemónico (académica, política, etc).

Al igual que el neoliberalismo, el wokismo absolutiza un principio —la libertad individual de la vida ya dada— y lo convierte en criterio último de verdad. Todo aquello que limite, condicione o cuestione esa libertad individual es leído como opresión. El resultado es un individuo abstracto, sin vínculos sustantivos, sin pertenencia histórica ni territorial, sin responsabilidad con la reproducción de la vida colectiva, lo que muchos ideólogos han llamado: “ciudadanos de la aldea global” o “ciudadanos cosmopolitas”.

Hinkelammert propone una ética radicalmente distinta: la centralidad de la vida. La racionalidad, sostiene, debe estar subordinada a la reproducción de la vida humana y natural. No se trata de un argumento moderno-evolutivo ni de una idea de progreso técnico, sino de una premisa más básica: sin reproducción de la vida no hay historia, no hay sociedad, no hay futuro.

Bajo esta misma premisa ética, el wokismo no puede considerarse progresista en sentido profundo. Al priorizar exclusivamente la autonomía individual de la vida ya existente, desatiende, y en muchos casos niega, la reproducción de la vida como valor central. Agendas como la eutanasia, el aborto o la absolutización identitaria de la agenda LGBT no se orientan a la reproducción de la vida, sino a la gestión individualizada de la vida dada. Esta constatación no supone una toma de posición a favor o en contra de tales agendas, sino una descripción analítica de la racionalidad ética que las estructura.

El verdadero progreso, desde esta perspectiva, no consiste en expandir indefinidamente derechos individuales abstractos, sino en fortalecer la fuerza vital básica que hace posible la continuidad histórica de la humanidad y su relación con la naturaleza. Procrear, cuidar, reproducir la vida no es un residuo premoderno o conservador: es la condición material de toda posibilidad histórica.

La paradoja es clara: una racionalidad que se autoproclama humanista y liberadora termina produciendo muerte: humana, natural y cultural, sin verse a sí misma como irracional. Exactamente lo que Hinkelammert describe como racionalidad invertida.

Esta lógica converge con el neoliberalismo en un punto decisivo: ambos destruyen los fundamentos materiales de la vida mientras se legitiman mediante un discurso moralizante. El colapso ecológico, la crisis demográfica, la disolución de los vínculos comunitarios y la mercantilización total de la existencia no son efectos colaterales, sino consecuencias necesarias de una racionalidad que ha perdido a la vida como criterio.

El wokismo no es la negación del neoliberalismo, sino su complemento cultural y simbólico. Ambos comparten una misma antropología: el individuo aislado como medida de todas las cosas. Ambos funcionan como teologías seculares que naturalizan su orden y clausuran la crítica. Y ambos participan de una racionalidad que, al desvincularse de la reproducción de la vida, produce muerte sin reconocerse como tal.

Por eso, recuperar la centralidad de la vida como propone Hinkelammert, exige ir más allá tanto del neoliberalismo económico como del progresismo identitario. Exige una ética de la vida concreta, histórica y colectiva, una visión trascendente del ser humano, capaz de subordinar la racionalidad a aquello sin lo cual no hay futuro: la reproducción y conservación de la vida humana y natural.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.