La mediocridad del confort del pensamiento: el mito del ser humano como “invasor” de la naturaleza

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Uno de los dogmas más repetidos del discurso contemporáneo es la afirmación de que el ser humano es un invasor de los ecosistemas. Se dice, con tono casi culposo, que “estamos invadiendo su espacio” cuando animales potencialmente peligrosos aparecen en nuestras casas o en los lugares que habitamos, como si el ser humano fuera un extranjero en su propio planeta, o una especie llegada de otra galaxia y no un ser nacido de la tierra.

Esta idea se presenta como una verdad profunda, casi como un imperativo moral incuestionable, cuando en realidad es un razonamiento cómodo, superficial y profundamente ideológico. No surge del rigor filosófico o científico, ni de un análisis serio de la condición humana, sino de lo que, sin eufemismos, puede llamarse la mediocridad del confort del pensamiento: la repetición acrítica de consignas que suenan elevadas, pero que eluden toda reflexión ontológica y toda responsabilidad intelectual.

La contradicción ideológica aparece con toda claridad cuando se observa que los mismos grupos que, en otros ámbitos, insisten en igualar al ser humano con el resto de la vida animal, disolviendo toda diferencia cualitativa y promoviendo una ética sin jerarquías ni límites (una forma de libertinaje moral que celebra el hacer y el vivir sin reglas objetivas), cambian radicalmente de criterio cuando el tema es el ambientalismo. Allí, el ser humano deja de ser “una especie más” para convertirse súbitamente en un invasor, en un agente extraño que no pertenece al orden natural.

Esta incoherencia no es accidental: es el síntoma de una modernidad que ha perdido el sentido del orden. Cuando conviene, se animaliza al ser humano para justificar la disolución de normas, formas y responsabilidades; cuando no conviene, se lo expulsa simbólicamente de la naturaleza para cargar sobre él una culpa abstracta. En ambos casos, el resultado es el mismo: la negación de la verdadera condición humana, que no es ni puro instinto ni anomalía cósmica, sino una síntesis de naturaleza y espíritu llamada a habitar el mundo con medida, jerarquía y responsabilidad.

Esta mediocridad no consiste en la ignorancia simple. Al contrario: suele habitar con total tranquilidad en espacios universitarios, en discursos académicos, en ONG y en retóricas “bien intencionadas”. Su rasgo central es que repite mitos con apariencia de profundidad, sin someterlos a un examen ontológico serio. Es el confort de pensar lo que “suena bien”, lo que exonera de responsabilidad y lo que encaja con la ideología dominante.

1- El error de base: confundir desorden histórico con extranjería ontológica

Desde una perspectiva filosófica clásica, el planteamiento es insostenible. El ser humano no es un intruso en la naturaleza porque es naturaleza. Es cuerpo, biología, finitud, tierra. Pero también es razón, conciencia y libertad. Precisamente esa síntesis es lo que lo define.

Ya Aristóteles establecía que el ser humano es animal racional, y además, político: plenamente animal, sin dejar de serlo, pero no reducido a lo puramente instintivo. El ser humano pertenece plenamente a la naturaleza, pero se distingue cualitativamente por el logos: la razón, la palabra, la capacidad de deliberar sobre el bien y el mal. Posee además una cualidad espiritualidad especial. Llamarlo “invasor” equivale a negar su pertenencia al orden natural, como si fuera un artefacto caído del cielo o un virus metafísico. Esa idea no es ecológica; es antropológicamente falsa.

El problema no es que el ser humano exista en los ecosistemas, sino cómo actúa dentro de ellos, sus objetivos e intereses últimos. Aquí entra el tema del sentido y significado profundo que el hombre moderno tiene de la vida. Confundir estas dos cosas es un error lógico elemental, pero muy funcional para la ideología.

2- La trampa ideológica: culpar al ser humano para no pensar el modelo económico de fondo y de civilización:

La narrativa del “ser humano invasor” cumple una función ideológica muy concreta: diluir las responsabilidades históricas reales. En lugar de interrogar un modelo técnico, económico y cultural específico, con nombres, estructuras y beneficiarios claros, se desplaza la culpa hacia la humanidad en abstracto. El resultado es una acusación tan amplia que se vuelve estéril: nadie responde por nada y, al mismo tiempo, todos son culpables.

Esta abstracción no es inocente. En la práctica, la culpa termina recayendo de manera desproporcionada sobre los pobres y los excluidos, a quienes con frecuencia se señala como principales contaminadores, cuando los datos y la realidad muestran exactamente lo contrario. Así, bajo un discurso aparentemente crítico y moralizante, se encubre el verdadero problema y se protege al sistema que efectivamente produce la devastación ambiental, mientras se castiga simbólicamente a quienes menos poder tienen para causarla.

Este desplazamiento es cómodo. No exige pensar el capitalismo tardío, la lógica ilimitada del dominio técnico, ni la ruptura moderna entre el ser humano y el sentido profundo de la vida. Basta con declarar que “el hombre es el problema” y listo. Es la ecología convertida en moralismo simplista.

Aquí el tradicionalismo filosófico es claro. Para René Guénon, la crisis moderna no es natural, sino metafísica: una civilización que ha perdido el principio, el límite y el sentido del orden. No es “el ser humano” quien destruye, sino un tipo de humanidad desarraigada de toda trascendencia y de toda medida.

3- De la responsabilidad a la autodenigración:

Hay una diferencia radical entre responsabilidad y autodenigración. El pensamiento serio asume la primera; la mediocridad del confort del pensamiento se refugia en la segunda. Decir que el ser humano es custodio, responsable y capaz de devastar implica exigencia ética. Decir que es un invasor implica algo mucho más pobre: renunciar a pensar su lugar en el cosmos. Es una forma elegante de nihilismo disfrazado de sensibilidad ambiental.

Incluso la ética contemporánea más lúcida, como la de Hans Jonas, no afirma que el ser humano sobre a la naturaleza, sino que su poder técnico exige una ética proporcional (de ahí su propuesta sobre una necesaria ética de la responsabilidad). No sobra humanidad; sobra irresponsabilidad.

4- La mediocridad del confort del pensamiento

Este mito persiste porque es cómodo.
Cómodo para quien no quiere pensar ontológicamente.
Cómodo para quien sustituye la verdad por consignas.
Cómodo para quien confunde complejidad con culpa difusa, nada más útil para el capitalismo verde y contemporáneo.

La mediocridad del confort del pensamiento no es falta de estudios; es falta de profundidad. Es haber pasado por la universidad sin haber atravesado realmente las preguntas fundamentales: ¿qué es el ser humano?, ¿qué es la naturaleza?, ¿qué es el límite?, ¿qué es el sentido? El ser humano no es un invasor de los ecosistemas. Es parte de ellos, pero una parte singular: capaz de cuidar o de destruir, de habitar o de devastar. Negar esta verdad no salva la naturaleza; empobrece el pensamiento y beneficia a quienes son enemigos de la humanidad.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.