
En la fase actual del capitalismo tardío o neoliberal, los conflictos políticos centrales ya no se dirimen únicamente en el terreno económico o institucional, sino en el campo simbólico, donde identidades marginales, disputas culturales extremas y fenómenos excéntricos son elevados a categoría de debate público. No porque sean estructuralmente relevantes, sino porque funcionan como cortinas de humo.
El fenómeno de los llamados therians, independientemente de su realidad sociológica o psicológica, es paradigmático no por lo que es, sino por cómo es utilizado. Su irrupción mediática no responde a una urgencia social objetiva, sino a su capacidad para provocar reacciones viscerales: burla, indignación, compasión forzada o adhesión acrítica. Exactamente el tipo de estímulo que necesita un sistema político-mediático que busca desplazar la atención del conflicto material. Es un anzuelo perfecto que demuestra realmente lo poco libres y fácil de controlar que son nuestras sociedades.
En este punto resulta clave comprender que no estamos ante desvíos inocentes ni errores espontáneos del debate público, sino frente a una forma explícita de guerra psicológica e ideológica. Esta no busca derrotar físicamente a la sociedad, sino desorganizar su percepción, fragmentar su capacidad de juicio y empujarla a librar batallas irrelevantes mientras abandona el terreno decisivo. Fenómenos como el de los therians operan como instrumentos funcionales a esa lógica: activan emociones, polarizan simbólicamente y consumen energía política, al tiempo que encajan en una agenda posmoderna que avanza hacia la destrucción de lo humano como referencia ontológica (qué es y cómo se distingue lo humano en sí), reemplazándolo por identidades fluidas, subjetividades disociadas y narrativas poshumanas.
Todo ello no solo sirve a fines culturales, sino también a objetivos políticos perversos: desviar la atención de la explotación material, la precarización del trabajo, el colapso ecológico, la pérdida de soberanía y el poder real del capital. Mientras la sociedad discute símbolos, el sistema consolida estructuras. Esa es la verdadera victoria de la guerra psicológica contemporánea.
Por un lado, la izquierda hegemónica occidental ha cometido un error estratégico profundo: confundir lo político con lo terapéutico. Todo malestar subjetivo es traducido en identidad, toda anomalía en bandera, y toda crítica en violencia política simbólica. De este modo, se construye un discurso blindado moralmente, pero vacío políticamente. Resultó ser a los más fáciles de manipular, vaya paradoja.
Al adoptar sin mediación crítica cualquier fenómeno identitario bajo la lógica de la inclusión, la izquierda abandona su función histórica: organizar lo colectivo frente al capital. En su lugar, se convierte en gestora de sensibilidades individuales, operando dentro del mismo marco ontológico liberal que dice combatir. El resultado es una paradoja: una izquierda que habla en nombre de lo social, pero piensa desde el hiperindividualismo. Son los defensores más acérrimos del liberalismo político llevado al absurdo.
Esta deriva no es emancipadora; es funcional. Funcional a un orden que prefiere ciudadanos fragmentados en identidades simbólicas antes que sujetos organizados alrededor de intereses materiales comunes.
Por otra parte, la derecha radical, no necesita refutar estructuralmente a la izquierda. Le basta con exhibir sus excesos. Fenómenos marginales son amplificados hasta parecer representativos del todo. El mensaje implícito es simple y eficaz: “esto es en lo que se ha convertido la izquierda”.
Así, mientras se discute si una identidad extrema debe ser validada o ridiculizada, desaparecen del centro del debate cuestiones como la reforma laboral, la precarización, la concentración de la riqueza o el poder financiero. La guerra cultural sustituye al conflicto de clase, y el espectáculo reemplaza a la política.
No se trata de una conspiración sofisticada, sino de una lógica oportunista: donde la izquierda abandona el terreno material, la derecha ocupa el escenario con escándalo.
Pero lo más preocupante de todo, es que a esta crisis se suma una contradicción mayor: la izquierda hegemónica occidental que se proclama antiimperialista adopta sin demasiadas fisuras las narrativas geopolíticas del orden liberal-atlantista (unipolar). Crítica de Rusia, recelosa de China, alineada discursivamente con el mismo bloque que sostiene el capitalismo financiero global, mientras compensa esa subordinación con radicalismo cultural interno. ¡Absurdo!
El resultado es una izquierda que ya no confronta al sistema, sino que administra su superestructura moral. Esto genera una ruptura inevitable con sectores politizados que aún esperan coherencia entre discurso social, política internacional y lucha económica.
Por eso la ultraderecha hoy lleva la delantera y tiene en el bolsillo buena parte del voto popular y de la clase trabajadora. Y no por virtud propia, sino por fracaso ajeno. Así que a mis amigos de la izquierda progre-liberal, los que hacen videos burlándose de los pobres que votan a esa derecha, les convendría mirarse al espejo y revisar sus prejuicios de clase camuflados de superioridad moral. Su arrogancia ilustrada, su desprecio condescendiente y su narcisismo ideológico están haciendo exactamente el trabajo que la derecha necesita: convertir al pueblo en enemigo y empujarlo a los brazos de quienes al menos fingen escucharlo. Tal vez ese pueblo, sin papers, sin posgrados y sin jerga académica, tenga algo que ustedes ya perdieron: olfato político, sentido de lo real y claridad sobre quién los abandona y quién los insulta desde arriba.
El problema no son los fenómenos marginales en sí, sino su centralidad artificial. Cuando la política gira en torno a identidades extremas ya sea para defenderlas sin crítica o para demonizarlas, el sistema gana estabilidad. La sociedad discute símbolos mientras el capital opera sin resistencia.
La verdadera división no es woke versus anti-woke, ni izquierda cultural contra derecha reaccionaria. Esa dicotomía es el teatro. La línea real sigue siendo la de siempre: poder económico versus sociedad, pero cuidadosamente disimulada bajo una guerra simbólica que consume energía, tiempo y sentido.
Mientras la izquierda no recupere una visión material, colectiva y geopolíticamente soberana, seguirá perdiendo a quienes no buscan consuelo identitario, sino transformación real.



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