
Desde una perspectiva marxista y dialéctica, no ritual ni catequística, es necesario afirmar algo incómodo para el marxismo ideológico fosilizado: la lucha de clases, tal como fue formulada para el capitalismo industrial del siglo XIX, no puede ser elevada hoy a dogma eterno, ni eje central del quehacer político, especialmente en países pobres o en vías de desarrollo. Hacerlo no es ser revolucionario; es involucionar.
Persistir en esa lógica, en contextos donde las fuerzas productivas son todavía incipientes, garantiza estructuralmente la miseria. No porque el conflicto social haya desaparecido, sino porque atacar prematuramente las bases materiales que generan riqueza, entiéndase, el pequeño y mediano productor, la empresa nacional que se endeuda, contrata trabajadores y sostiene el tejido económico, equivale a dispararse en el pie. Sin acumulación material mínima, sin desarrollo técnico, sin expansión productiva, no existe posibilidad real de pensar un sistema superior. Todo lo demás es voluntarismo ideológico. Los derechos necesitan financiamiento, para eso hay que producir y dejar producir.
Aquí la lucha de clases deja de ser motor histórico y se convierte en obstáculo objetivo. No reconoce los avances de la tecnología, las nuevas formas de producción ni la centralidad contemporánea de la ciencia. Peor aún: este marxismo añejo muestra una curiosa indulgencia con las nuevas formas de explotación digital, como OnlyFans o Uber, que fragmentan al trabajador, lo aíslan como “emprendedor de sí mismo”, fomentan la auto explotación y eliminan toda mediación colectiva, mientras dirige su furia contra el pequeño o mediano empresario nacional, tratado ideológicamente como si fuera el gran capital financiero transnacional que controla la economía global.
Ese desplazamiento no es casual: es una regresión teórica disfrazada de radicalidad. Se ataca al productor visible y cercano, el que “la pulsea”, pide préstamos y genera empleo, mientras se toleran, e incluso se cortejan, estructuras perfectamente funcionales al capitalismo tardío global. Con las grandes corporaciones transnacionales no hay conflicto real: parecen infundir un respeto casi reverencial. La lucha se reduce, curiosamente, a disputar cuotas de inclusión simbólica, a pelear por banderas identitarias y espacios LGBTI en organigramas corporativos, pero nunca por reformas estructurales que alteren la lógica de acumulación desmedida. Es absurdo que incluso, se llegue a ver plataformas como Onlyfans como un ejemplo de “empoderamiento femenino” y “anti patriarcal”.
Así, el antagonismo de clase se degrada en gestión de diversidad; la revolución, en manual de recursos humanos; y lo woke, en acompañante cultural del capital global. Eso no es conciencia revolucionaria: es miopía histórica con credencial progresista.
La experiencia de China resulta incómoda para este marxismo dogmático precisamente porque demuestra que la dialéctica puede ser superada dialécticamente. Allí el productor no es concebido como enemigo, sino como componente de un engranaje superior, donde el Estado orienta, regula y garantiza una distribución justa de la riqueza producida. No se trata de destruir al que produce, sino de subordinar la producción a un proyecto político nacional de largo plazo. Sin riqueza no hay redistribución posible; sin desarrollo material no hay socialismo, solo pobreza ideologizada. ¿Qué sería de China hoy, si hubiese tomado ese camino equivocado?
En contraste, el caso de Cuba representa hoy el ejemplo más claro de un marxismo dogmático, cerrado y anacrónico. Frente a quienes intentan justificar su situación exclusivamente a partir del bloqueo y las sanciones, que son reales y tienen efectos materiales innegables, es necesario ser igualmente claros: reconocer el impacto externo no exonera al gobierno de su responsabilidad histórica interna.
Desde el marxismo revolucionario, el problema no es solo el cerco externo, sino la incapacidad o la negativa a introducir transformaciones sustantivas que envíen a la propia comunidad internacional señales creíbles y verificables de cambio, capaces de alterar la correlación política que sostiene ese aislamiento. La dialéctica no funciona por victimismo ni por inmovilidad: exige movimiento, contradicción y superación.
Ningún marxismo serio puede justificar el dogmatismo, la parálisis o el rechazo sistemático a toda reforma como si conservar intactas formas agotadas fuera, en sí mismo, un acto revolucionario. Eso no es resistencia: es fetichización del pasado. Un proyecto que se niega a cambiar cuando las condiciones históricas lo exigen deja de ser revolucionario y pasa a administrar ideológicamente la escasez.
En última instancia, la legitimidad de un proyecto socialista no se mide por la pureza de sus consignas, sino por su capacidad real de desarrollar fuerzas productivas, elevar las condiciones materiales de vida y reconfigurar inteligentemente sus contradicciones internas y externas. Cuando eso no ocurre, el problema ya no puede atribuirse únicamente al enemigo: la rigidez interna se convierte en parte central de la derrota.



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