
El profesor chino Jiang Xueqin especialista en temas internacionales advierte que mientras Estados Unidos se enfrasca en una guerra innecesaria contra Irán, parte de un supuesto equivocado: que atacando directamente al régimen y eliminando a sus líderes se puede derrocar de inmediato al sistema político. En la práctica, el efecto ha sido el contrario. No solo gran parte de la población iraní ha cerrado filas, sino que también muchos países vecinos que ya han experimentado intervenciones militares estadounidenses, observan el conflicto con creciente desconfianza hacia Washington.
En paralelo, continúa el profesor Xueqin, existe una estrategia orientada a debilitar estructuralmente al país mediante su fragmentación interna: fomentar divisiones étnicas y religiosas, fortalecer actores locales seculares o confesionales y empujar un escenario de levantamiento armado que derive en una guerra civil. En otras palabras: buscan crear una nueva “primavera árabe”. El objetivo implícito sería una “balcanización” de Irán, similar a lo ocurrido en Libia tras la caída de Muammar Gaddafi. Sin embargo, esa estrategia tampoco parece estar dando los resultados esperados.
En el fondo, este fenómeno revela algo más profundo y digno de análisis: las antiguas civilizaciones históricas están reapareciendo como actores relevantes en el sistema internacional. No se trata únicamente de Estados-nación que compiten por poder, sino de matrices civilizatorias con memoria histórica, cohesión cultural y continuidad espiritual que atraviesan siglos e incluso milenios.
En este caso le ha correspondido a la civilización persa enfrentarse cara a cara con Israel y Estados Unidos. Y la comparación histórica es inevitable. Mientras Estados Unidos es una potencia relativamente joven fundada en 1776 y con apenas dos siglos y medio de existencia, la civilización persa hunde sus raíces en más de dos mil quinientos años de continuidad histórica, desde el surgimiento del Imperio Aqueménida de Ciro el Grande en el siglo VI a. C. Aquella civilización atravesó imperios, invasiones y transformaciones sin perder su núcleo cultural, su lengua y su identidad histórica.
Lo que hoy conocemos como Irán no es simplemente un Estado contemporáneo surgido del sistema internacional moderno; es la expresión política actual de una civilización milenaria que ha sobrevivido a griegos, árabes, mongoles, turcos y múltiples imperios. Esa profundidad histórica genera algo que no puede medirse únicamente en términos militares o económicos: una reserva simbólica, cultural y espiritual que permite absorber crisis, resistir presiones externas y mantener una identidad colectiva a lo largo del tiempo.
Por ello, potencias occidentales perciben a civilizaciones como la persa como estructuras especialmente resistentes a la presión externa, las ven como amenazas a sus intereses. Este enfoque civilizatorio merece ser analizado en detalle por la academia en Occidente. Desde esta perspectiva, las civilizaciones antiguas poseen una capacidad particular de resistencia: su densidad cultural, religiosa y simbólica les permite soportar mejor los embates de una modernidad liberal global que tiende a homogeneizar modelos políticos, económicos y culturales.
Ahora bien, regresando al análisis del profesor Xueqin, Irán parece haber desarrollado una estrategia distinta de confrontación en este conflicto. Más que limitarse al enfrentamiento militar directo, busca presionar los puntos neurálgicos del sistema económico que sostiene a los aliados occidentales en la región: infraestructuras energéticas, centros financieros y rutas estratégicas del comercio global. En ese contexto, el control y la interrupción del tránsito por el Estrecho de Ormuz adquiere un significado central. Si la economía mundial depende de esa arteria energética, golpear allí puede generar más presión sobre el sistema que un choque militar frontal.
La lógica es clara: en una economía globalizada, atacar la circulación de recursos estratégicos puede resultar más eficaz que confrontar directamente al adversario. Al elevar los costos económicos para aliados regionales y actores internacionales, Irán apuesta a que sean esos mismos aliados quienes presionen por una desescalada del conflicto.
La pregunta que queda en el aire es incómoda: ¿podrá realmente una potencia que muestra signos de desgaste histórico derrotar a una civilización con milenios de memoria, identidad y sabiduría acumulada? El tiempo nos dará la respuesta.



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