Campesinado, territorio y revolución: una lectura geopolítica del siglo XX

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A lo largo del siglo XX se repite un hecho que la teoría política dominante tendió a minimizar: las revoluciones que efectivamente triunfaron no fueron hechas por el proletariado industrial, sino por el campesinado. No se trata de una afirmación ideológica ni de una reivindicación romántica del mundo rural, sino de una constatación empírica que emerge cuando se observa la historia desde un ángulo geopolítico y material. Rusia, China, Vietnam, México, Cuba o buena parte de África y Asia muestran un mismo patrón: allí donde el orden estatal se quebró de manera efectiva, la fuerza decisiva no provino de las fábricas, sino del campo.

Este protagonismo se explica por una posición estructural específica. El campesinado no es únicamente un productor de alimentos: es, ante todo, un ocupante del territorio con el cual, consciente o inconscientemente tiene un vínculo espiritual, un arraigo imborrable. Vive en él, lo conoce, lo recorre y depende directamente de ese espacio para su reproducción social. Toda revolución que aspire a sostenerse en el tiempo necesita algo más que movilización urbana o discurso político: necesita control territorial, abastecimiento, retaguardia y legitimidad local. Desde este punto de vista, el campesinado constituye una fuerza geopolítica concreta, material, insustituible.

La diferencia con el proletariado industrial es decisiva. El obrero está concentrado en nodos urbanos fácilmente controlables por el Estado, depende del salario y del mercado, y su capacidad de sostener una ruptura prolongada es limitada. El campesino pobre, incluso en condiciones extremas, conserva una autonomía material mínima que le permite resistir bloqueos, represiones y conflictos largos (tiene tierra para sembrar lo que come). Esa autonomía relativa explica por qué los movimientos revolucionarios del siglo XX, cuando se radicalizaron o nacieron, tendieron a desplazarse hacia el espacio rural.

En este punto aparece la figura del partisano, cuya relación con el campesinado no es accidental, sino estructural. El partisano, en su forma clásica, no nace como militante ideológico ni como combatiente profesional, sino como defensor irregular del territorio. Su raíz es telúrica: combate desde y por la tierra que habita. Carl Schmitt lo formuló con claridad al señalar que el rasgo distintivo del partisano es su vínculo con el suelo, con el espacio concreto que conoce y cuya pérdida amenaza directamente su forma de vida, su existencia ahora.

El campesino se convierte en partisano cuando la acumulación extrema, el despojo o la ocupación rompen el equilibrio mínimo de la vida rural. La lucha no surge entonces como opción política abstracta, sino como defensa de la subsistencia y de la comunidad. El partisano es, en este sentido, la forma política armada que adopta el campesinado cuando el conflicto deja de ser negociable. Solo en un segundo momento esa resistencia puede ser articulada por una ideología: socialista, nacionalista o religiosa, que le da coherencia discursiva y proyección histórica.

Este punto es clave para comprender por qué el campesinado ha luchado bajo banderas tan distintas sin que ninguna de ellas explique por sí sola el fenómeno. La ideología no crea el conflicto; lo traduce. El núcleo del enfrentamiento es material: la concentración de la tierra y de los recursos en pocas manos amenaza directamente la reproducción social campesina. Cuando ese umbral se cruza, la reacción es estructural, no doctrinaria.

Hablar del campesinado como fuerza telúrica es válido solo si se evita el romanticismo. No se trata de una falsa conciencia mística de la tierra, sino de una relación más profunda y espiritual con esta. El campesinado encarna la base metabólica de toda sociedad: alimento, suelo, continuidad demográfica. Cuando esa base es violentada por procesos extremos de mercantilización o acumulación, emerge una contra-movida social que, en el siglo XX, adoptó frecuentemente la forma de guerra partisana y revolución campesina. Karl Polanyi ya había advertido que la mercantilización total de la tierra produce inevitablemente una reacción de autodefensa social.

Desde este razonamiento geopolítico, el contraste con el proletariado resulta inevitable. Mientras el proletariado ocupó un lugar central en la teoría revolucionaria y en el imaginario político moderno, el campesinado fue el sujeto real que sostuvo las rupturas históricas efectivas. No por superioridad moral ni por claridad ideológica, sino por su arraigo territorial, su autonomía relativa y su posición frente a los límites materiales de la acumulación.

Comprender las revoluciones del siglo XX exige, por tanto, abandonar lecturas exclusivamente urbanas e industrialistas y recuperar una mirada anclada en el territorio y no solo en la ideología. Allí donde la tierra, el espacio y la subsistencia entran en conflicto con la concentración extrema del poder y de los recursos, el campesinado, y su figura política armada, el partisano, reaparecen como actores centrales de la historia.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.