Patriarcado y tradición: entre el principio de orden y el mito ideológico

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Hace unos días tuve la oportunidad de leer, lo que desde mi perspectiva es un gran artículo de la investigadora independiente Alicia Melchor Herrera, titulado: Patriarcado y género: mitos fundacionales del feminismo (https://www.larazoncomunista.com/post/13-1-patriarcado-y-género-mitos-fundacionales-del-feminismo). Este es una crítica profunda y seria al feminismo contemporáneo, que según la autora se basa en dos premisas que califica de mitos: el patriarcado como institución opresora y el género como constructo social impuesto. Estas ideas se utilizan con fines políticos y teóricos dentro del movimiento feminista actual.

Además, expone otros puntos no menos importantes relacionados a dicho movimiento, los cuales me han hecho reflexionar también al respecto y a redactar el siguiente artículo, que continúa en esa dirección crítica hacia el pensamiento liberal que alimenta dichas corrientes.

Una breve mirada al patriarcado:

Desde una perspectiva tradicionalista, el concepto de patriarcado requiere una distinción fundamental que el feminismo moderno —y buena parte de la crítica contemporánea— tiende a borrar: no se trata de una estructura de dominación ideológica, sino de un principio de orden inscrito en una visión simbólica, metafísica y orgánica de la realidad.

En las sociedades tradicionales (al final expongo algunos ejemplos), el patriarcado no se concebía como un sistema de opresión del varón sobre la mujer, sino como la expresión de una polaridad complementaria. Lo masculino y lo femenino no operaban como categorías políticas en conflicto, sino como principios diferenciados y jerárquicamente ordenados en función del equilibrio del todo. La autoridad del “padre” —en sentido amplio: pater familias, rey, sacerdote— no derivaba de la fuerza ni del género biológico, sino de una función, asociada a la responsabilidad, la mediación con el orden trascendente y la custodia de la continuidad comunitaria.

El error central del feminismo contemporáneo consiste en proyectar categorías modernas —poder, dominación, victimización— sobre realidades premodernas, interpretándolas desde un marco ideológico ajeno a su lógica interna. Al añadir al patriarcado los calificativos de “opresor”, “violento” o “estructuralmente injusto”, se construye un relato político que responde más a las necesidades movilizadoras del presente que a la comprensión histórica o antropológica de las sociedades tradicionales.

Desde el tradicionalismo, la jerarquía no es sinónimo de injusticia, ni la diferencia implica subordinación moral. La jerarquía es orden, y el orden es condición de posibilidad de toda vida social estable. Cuando el patriarcado funcionó como principio tradicional, lo hizo integrado a límites, deberes y reciprocidades; cuando degeneró en abuso o arbitrariedad, dejó de ser tradicional y pasó a ser una deformación del principio, no su realización.

Asimismo, el feminismo confunde deliberadamente patriarcado con historicidad masculina del poder, ignorando que en el mundo tradicional el poder nunca fue autónomo ni absoluto, sino subordinado a un principio superior —religioso, metafísico o cósmico— que trascendía tanto al varón como a la mujer. La modernidad, al disolver ese principio superior, convierte toda diferencia en conflicto y toda autoridad en sospecha.

En este sentido, el patriarcado como “sistema de opresión” no es una realidad tradicional, sino un constructo ideológico moderno, funcional a una visión igualitarista, individualista y contractualista (claramente liberal) del mundo, que necesita enemigos estructurales para legitimarse. La crítica tradicional no niega los abusos históricos ni las injusticias concretas, pero rechaza su elevación a principio explicativo total, pues ello implica falsear la naturaleza misma de las civilizaciones premodernas.

El patriarcado no es un mito opresivo a deconstruir, sino un principio simbólico y funcional, basado en la polaridad, la complementariedad y el orden. La ideologización feminista no lo supera: lo sustituye por el conflicto permanente, la disolución de las formas y la negación de toda autoridad legítima, contribuyendo así a la desestructuración cultural que caracteriza al mundo moderno.

Conviene mencionar ejemplos concretos de sociedades tradicionales donde el principio patriarcal operó como orden simbólico y funcional, no como sistema ideológico de opresión. A continuación, algunos casos:

1. Grecia clásica (especialmente la polis arcaica)

En la Grecia preclásica y clásica, la autoridad masculina estaba ligada a la oikonomía (orden del hogar) y a la política como función cívica, no a una guerra de sexos. Lo femenino estaba asociado a lo doméstico, lo ritual y lo telúrico, con un reconocimiento simbólico propio (Deméter, Hestia). La diferencia sexual era cosmológica, no ideológica. Reducir esta estructura a “opresión patriarcal” es anacrónico y conceptualmente impropio.

2. Roma tradicional (República temprana)

El pater familias ejercía autoridad, pero también una responsabilidad total sobre la continuidad moral, jurídica y religiosa del linaje. Su poder estaba limitado por el derecho sacro. La mujer romana gozaba de dignidad jurídica, rol religioso y autoridad doméstica. No hay aquí un “sistema de dominación de género”, sino un orden jerárquico funcional.

3. Europa medieval cristiana

La sociedad medieval articuló lo patriarcal bajo una jerarquía trascendente: Dios–Rey–Padre–Familia. La autoridad masculina no era autónoma ni arbitraria, sino subordinada al orden cristiano. La mujer poseía espacios de poder espiritual, económico y cultural (abadesas, reinas, gremios, transmisión patrimonial). El feminismo ignora deliberadamente esta complejidad para imponer una lectura moderna de opresión.

4. Civilizaciones indo-arias tradicionales (India védica)

El orden social se estructuraba según el dharma, donde lo masculino y lo femenino cumplían funciones complementarias en un marco cósmico. La autoridad patriarcal no se basaba en la fuerza, sino en el orden ritual y simbólico. La mujer era portadora de shakti, principio indispensable del equilibrio universal. La noción de patriarcado como opresión resulta ajena a esta cosmovisión.

5. Japón tradicional (periodo premoderno)

El orden familiar y social se basaba en la jerarquía, el deber y la continuidad del linaje (ie), donde el rol masculino implicaba sacrificio, disciplina y responsabilidad. Lo femenino ocupaba un lugar central en la transmisión cultural y moral. No existía una lógica de enfrentamiento, sino de armonía jerárquica, incomprensible para el marco feminista moderno.

Esta breve reflexión no tiene como objetivo alimentar la polarización ni negar los debates legítimos en torno a la relación entre hombres y mujeres, sino proponer una alternativa analítica que supere el marco restrictivo de la izquierda y la derecha en el que hoy se inscriben el feminismo y sus diversas corrientes.

Lejos de retroceder en materia de derechos o dignidad, la intención es abrir el horizonte hacia nuevas posibilidades políticas y culturales, capaces de ser verdaderamente disruptivas sin caer en la negación de toda forma de orden, lo cual es típico del pensamiento liberal posmoderno. Reconocer la existencia de un orden que trasciende lo humano —y que se manifiesta en la creación y en la estructura misma del universo— no implica renunciar a la justicia, sino dotarla de fundamento, sentido y límites, preservando la diferencia, la complementariedad y la armonía como condiciones necesarias para una convivencia social verdaderamente humana y duradera.



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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.