El final de un ciclo: Estados Unidos ante el terror de su propia historia

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Como expone René Guénon en Formas tradicionales y ciclos cósmicos, la idea de “desgracia” solo puede vincularse a la existencia histórica en la medida en que todo ciclo civilizatorio se despliega conforme a un movimiento descendente. No se trata de un accidente ni de una anomalía moral, sino de la manifestación de una ley interna del devenir: ascenso, plenitud, agotamiento y crisis. Desde esta perspectiva, el llamado “terror de la historia” no es más que la toma de conciencia —frecuentemente tardía— de que ninguna forma histórica, ningún orden ni ninguna hegemonía están destinados a perdurar indefinidamente.

Las actuaciones recientes de Estados Unidos bajo la segunda administración de Donald Trump pueden leerse precisamente desde esta clave. No como hechos aislados ni meras excentricidades de liderazgo, sino como síntomas estructurales de una potencia que ha entrado en la fase crepuscular de su ciclo histórico.

Del liderazgo al reflejo ofensivo

Durante buena parte del siglo XX, Estados Unidos ejerció su hegemonía a través de instituciones, alianzas y consensos multilaterales. La OTAN, el sistema financiero internacional, el discurso de la democracia liberal y el libre comercio funcionaron como instrumentos de integración más que de imposición directa. El poder se legitimaba porque parecía ordenar el mundo, no simplemente dominarlo.

Hoy, ese modelo muestra signos evidentes de agotamiento. Las acciones desesperadas —o al menos abiertamente coercitivas— sustituyen al liderazgo estructural. La intervención directa en Venezuela, el intento explícito de reposicionar la influencia estadounidense en América Latina por la fuerza, revela una incapacidad creciente para sostener la hegemonía mediante mecanismos indirectos. Cuando el consenso se erosiona, la coerción ocupa su lugar.

Venezuela, en este marco, no es solo un país ni un régimen: es el símbolo de una región que ya no responde automáticamente a los dictados de Washington. La acción militar no expresa fortaleza, sino urgencia.

Groenlandia: geopolítica desnuda

El caso de Groenlandia es aún más revelador. El interés estadounidense por la isla —estratégica en términos militares, energéticos y climáticos— se plantea ya no en términos diplomáticos o cooperativos, sino como necesidad imperativa de seguridad nacional, incluso al costo de tensar o quebrar alianzas históricas.

Aquí se hace visible una mutación profunda: el orden que Estados Unidos creó comienza a percibirse como un obstáculo para sus propios intereses. La OTAN, otrora pilar de la hegemonía occidental, aparece ahora como una estructura incómoda, limitante, prescindible. Esto no es expansión; es repliegue agresivo.

Cuando una potencia empieza a cuestionar las reglas que ella misma impuso: (“Mi moral. Mi mente. Es lo único que puede detenerme». «Yo no necesito del derecho internacional», dijo Trump) suele ser señal inequívoca de que el ciclo ha entrado en su fase descendente.

El terror de la historia y la ilusión de la excepcionalidad

El pensamiento moderno estadounidense se sostuvo durante décadas sobre la idea de la excepcionalidad: la convicción de estar fuera de la lógica histórica que rige a imperios y civilizaciones. Sin embargo, la historia no admite excepciones permanentes. El “terror de la historia” surge precisamente cuando una sociedad descubre que no está exenta del desgaste, la decadencia y el límite.

Las decisiones unilaterales, la desarticulación de alianzas, la primacía de la fuerza sobre la legitimidad y el lenguaje de la urgencia son rasgos típicos de potencias que ya no confían en el tiempo, porque sienten que este juega en su contra.

¿Fin o mutación?

Hablar del “final de un ciclo” no implica necesariamente el colapso inmediato de Estados Unidos como potencia. Implica algo más profundo: el fin de una forma histórica de ejercer el poder. Lo que emerge no es aún un nuevo orden multipolar estable, sino una fase de transición marcada por la incertidumbre, la confrontación y la pérdida de sentido común internacional.

Como toda potencia en declive relativo, Estados Unidos enfrenta una disyuntiva clásica: aceptar la transformación de su lugar en el mundo o intentar congelar la historia mediante actos de fuerza llevando al mundo a una gran guerra, que en esta ocasión puede implicar el exterminio nuclear. La segunda opción, como demuestra la experiencia histórica, suele acelerar aquello que pretende evitar.

Las actuaciones recientes de la administración Trump; Venezuela, Groenlandia, el cuestionamiento de la OTAN, las recientes amenazas de ataques terrestres a México, entre otros, no deben interpretarse únicamente como decisiones coyunturales, sino como expresiones de una conciencia histórica en crisis. Son respuestas a la percepción de que un ciclo se agota.

La tragedia no reside en el fin del ciclo en sí, sino en la incapacidad de reconocerlo. Porque cuando una potencia se enfrenta al terror de su propia historia y responde con negación y fuerza, suele sellar con sus propios actos el cierre de la era que intenta preservar.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.