Marx tenía razón… pero la izquierda occidental dejó de hablarle al pueblo

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Mural with Karl Marx portrait and text 'Marx tenía razón, Izquierda traicionó al pueblo' on brick wall

A 208 años del nacimiento de Karl Marx, resulta inevitable volver sobre una de sus frases más célebres y provocadoras: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Dos siglos después, la historia parece demostrar una verdad fundamental: los proyectos políticos sobreviven únicamente cuando permanecen conectados con las condiciones materiales reales y particulares de los pueblos.

En ese sentido, uno de los grandes dramas de buena parte de la izquierda occidental contemporánea fue abandonar progresivamente la lucha por la justicia social concreta: salarios, vivienda, industria, estabilidad económica, soberanía productiva, desigualdad, para desplazarse hacia luchas eminentemente identitarias e individualistas (liberales). El resultado de ese giro fue paradójico: quienes históricamente surgieron para representar a las masas trabajadoras terminaron alejándose cultural y políticamente de ellas.

El fenómeno del progresismo identitario y el wokismo no fortaleció a la izquierda occidental; en muchos casos la fragmentó y la desconectó de la realidad cotidiana de millones de personas. Mientras el ciudadano común enfrentaba inflación, precarización laboral, pérdida de poder adquisitivo y crisis habitacional, gran parte del discurso político pasó a centrarse en disputas simbólicas, lingüísticas o subjetivas sobre identidad, género y percepción individual. El sistema fue suficientemente hábil para invertir completamente el escenario: transformó a antiguos movimientos antisistema en defensores de dinámicas culturales funcionales al propio modelo neoliberal contemporáneo.

La ironía histórica es profunda. En nombre de una supuesta radicalidad emancipadora, muchos sectores terminaron llevando las tesis del liberalismo político hasta su punto más extremo: la absolutización de la subjetividad individual, incluso por encima de referencias biológicas, históricas, culturales o comunitarias. Es decir, exactamente el tipo de individualismo que el propio marxismo clásico habría considerado una expresión avanzada de la lógica burguesa liberal.

Y aquí aparece el contraste con China. Independientemente de simpatías o críticas, resulta difícil negar que el liderazgo chino comprendió algo esencial: que la estabilidad material, el desarrollo económico, la soberanía nacional y la reducción de la pobreza constituyen la columna vertebral de cualquier proyecto político duradero. Si China hubiese abandonado esa prioridad para sumergirse en guerras culturales identitarias, difícilmente habría logrado sacar a cientos de millones de personas de la pobreza ni convertirse en una potencia tecnológica, industrial y comercial de escala mundial.

Lo interesante es que el modelo chino no se construyó desde un marxismo rígido o dogmático, sino desde una adaptación pragmática a sus propias condiciones históricas y civilizacionales. Mientras en Occidente muchos quedaron atrapados en debates ideológicos abstractos o en nuevas ortodoxias culturales, China preservó aquello que consideró esencial: el desarrollo material de la nación y el bienestar colectivo como eje estratégico.

Paradójicamente, el verdadero dogmatismo terminó apareciendo en ciertos sectores occidentales que, alejados de las realidades populares, confundieron el marxismo con una especie de religión moral identitaria. Y en ese proceso, dejaron de hablar el lenguaje histórico de las clases trabajadoras.

Probablemente, si Marx viviera hoy, observaría con desconcierto cómo gran parte de quienes dicen hablar en su nombre han desplazado la cuestión material, el trabajo, la producción, la economía, la desigualdad estructural, para sustituirla por un hiperindividualismo cultural difícilmente compatible con el núcleo original de su pensamiento. Porque, al final, la historia sigue recordando algo elemental: las sociedades se sostienen o colapsan no sobre percepciones subjetivas, sino sobre realidades materiales.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.