China desmonta viejos dogmas

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Group of smiling workers and farmers standing in front of a large factory with Chinese communist slogans and industrial machinery in the background

El viejo argumento de que “el comunismo quiere quitarle a la gente el fruto de su esfuerzo”, que “no cree en el trabajo” o que “quiere que todos sean pobres”, se ha repetido durante décadas como dogma ideológico. Sin embargo, la realidad histórica y especialmente el caso de la China moderna demuestran que esas afirmaciones, más que análisis serios, suelen funcionar como caricaturas propagandísticas.

Primero hay que decir algo importante: el comunismo, tal y como nació teóricamente en Europa, es también un producto europeo. Surge de las condiciones industriales y filosóficas del continente europeo del siglo XIX, igual que el capitalismo moderno. En ese sentido, pretender exportarlo mecánicamente a otras sociedades, con culturas, historias y estructuras distintas, también puede convertirse en una forma de colonización ideológica. Y efectivamente, en algunos países donde se intentó “tropicalizar” ciertas versiones rígidas del marxismo, terminaron apareciendo modelos burocráticos, improductivos o incluso dogmáticos que confundieron igualdad con uniformidad y justicia social con empobrecimiento colectivo. Esto es innegable y no debe ocultarse. 

Pero usar esos casos para afirmar que todo proyecto socialista o comunista inevitablemente conduce a la miseria es intelectualmente deshonesto. La propia experiencia china contemporánea desmonta esa narrativa. E incluso el caso de la extinta Unión Soviética, con todas sus contradicciones y errores, tampoco puede reducirse a la caricatura de un país donde “todos vivían muriéndose de hambre”.

La URSS atravesó períodos muy duros: colectivizaciones forzadas, burocratización extrema, autoritarismo político, escasez y los enormes costos humanos de la Segunda Guerra Mundial. Negar eso sería tan absurdo como negar las profundas desigualdades, guerras e intervenciones asociadas históricamente al capitalismo occidental. Sin embargo, también es cierto que la URSS pasó de ser una sociedad agraria y atrasada a convertirse en una superpotencia industrial, científica y tecnológica en apenas unas décadas.

La alfabetización masiva, el acceso universal a educación y salud, la industrialización acelerada y los avances científicos soviéticos fueron reales. La URSS fue capaz de liderar hitos históricos como Sputnik 1 y el envío de Yuri Gagarin al espacio. La mayoría de la población soviética no vivía en la opulencia consumista occidental, pero tampoco necesariamente en miseria extrema. De hecho, durante décadas millones de personas en el llamado Tercer Mundo vieron en el modelo soviético una alternativa de modernización frente al colonialismo y la dependencia económica.

El problema soviético no fue simplemente “el comunismo”, sino una combinación de hipercentralización burocrática, rigidez política, carrera armamentista con Estados Unidos y dificultades estructurales para reformar el sistema sin desestabilizarlo. Reducir toda la experiencia soviética a “hambre y fracaso” es más propaganda de Guerra Fría que análisis histórico serio.

Y precisamente ahí entra el caso chino, que desmonta aún más los clichés ideológicos. La China moderna no abolió el trabajo, ni destruyó el incentivo al esfuerzo individual. Hizo exactamente lo contrario: convirtió el trabajo, la disciplina, el esfuerzo propio, la educación y la movilidad social en pilares centrales de su desarrollo nacional. Bajo un modelo socialista con características chinas, el país sacó de la pobreza extrema a cientos de millones de personas y construyó una de las economías más dinámicas del planeta. Eso no encaja con la caricatura occidental de un sistema donde “todos son pobres” y donde el Estado “castiga” al que prospera.

Un ejemplo particularmente revelador es el de Zhou Qunfei, considerada una de las mujeres más ricas de China y una de las multimillonarias hechas a sí mismas más importantes del mundo.

Su historia destruye por completo la idea de que en China no existe movilidad social o recompensa al mérito. Zhou nació en una aldea extremadamente pobre de Xiangxiang, en la provincia de Hunan. Su madre murió cuando ella tenía apenas cinco años y su padre, además de campesino, era discapacitado. A los 15 años abandonó la escuela para irse a trabajar a Shenzhen, una de las zonas económicas especiales que impulsaron la modernización china.

Allí trabajaba jornadas de hasta 16 horas en una fábrica de relojes mientras estudiaba por las noches. No provenía de una élite, no heredó fortuna, ni tenía conexiones privilegiadas. Lo que hizo fue aprovechar las oportunidades abiertas por el modelo de desarrollo chino para ascender socialmente mediante trabajo, capacitación y emprendimiento.

Con el tiempo fundó su propia empresa de cristales para dispositivos electrónicos. Esa empresa se transformó en Lens Technology, hoy proveedora de gigantes como Huawei, Apple y Tesla. Su patrimonio supera los 18 mil millones de dólares. Entonces surge una pregunta incómoda para quienes reducen el debate a consignas ideológicas: ¿cómo es posible que una mujer nacida en la pobreza extrema, en un país gobernado por un partido comunista, se convierta en una de las empresarias más exitosas del planeta?

La respuesta es que China no construyó un modelo basado en destruir el esfuerzo individual, sino en orientarlo estratégicamente dentro de un proyecto nacional. El Estado chino no eliminó la riqueza; intentó evitar que el desarrollo quedara completamente subordinado a la especulación financiera y al individualismo absoluto característicos del capitalismo occidental contemporáneo.

Paradójicamente, quien parece haber dejado de creer verdaderamente en el valor humano del trabajo no es China, sino el capitalismo occidental contemporáneo, cada vez más dispuesto a reemplazar personas por máquinas únicamente para maximizar márgenes de ganancia y abaratar costos de producción, incluso a costa de destruir estabilidad social y empleo digno. 

Mientras en Occidente se normaliza que miles de trabajadores sean despedidos en nombre de la “eficiencia corporativa”, China ha comenzado a discutir y aplicar medidas para limitar despidos motivados exclusivamente por automatización orientada al ahorro empresarial. 

Es decir, lejos de considerar al trabajador como un simple costo descartable, el enfoque chino busca equilibrar innovación tecnológica con estabilidad social y protección del empleo. Esto desmonta otra contradicción del discurso dominante: quienes más hablan del “valor del esfuerzo individual” son muchas veces los mismos que no tienen reparo en sustituir masivamente seres humanos por algoritmos o robots cuando eso aumenta la rentabilidad del capital.

Por supuesto, China tiene contradicciones, desigualdades y problemas reales. Ningún sistema es perfecto. Pero precisamente por eso el análisis serio exige abandonar los clichés ideológicos heredados de la Guerra Fría.

Esto tampoco pretende ser una apología nostálgica o dogmática del viejo comunismo del siglo XX, ya claramente superado. El mundo actual ya no funciona bajo las lógicas rígidas de la Guerra Fría, ni las relaciones entre Estados se rigen exclusivamente por alineamientos ideológicos absolutos. 

Hoy predominan el pragmatismo, los intereses estratégicos, la competencia tecnológica, la soberanía económica y la capacidad real de desarrollo nacional. Precisamente por eso resulta necesario abandonar los prejuicios automáticos y analizar los modelos políticos y económicos desde sus resultados concretos, sus contradicciones y su impacto real sobre las sociedades. 

La China contemporánea no puede entenderse mediante categorías simplistas heredadas de otra época, porque combina planificación estatal, apertura económica, desarrollo tecnológico y visión estratégica de una manera que desafía tanto los dogmas del capitalismo liberal tradicional como las interpretaciones más rígidas del comunismo clásico europeo.

Decir que “el comunismo quiere que todos sean pobres” mientras China se convierte en potencia tecnológica, industrial y científica mundial resulta cada vez más difícil de sostener. Y decir que “no cree en el trabajo” frente a sociedades que construyeron su ascenso global sobre una ética de disciplina, productividad, educación y movilidad social, sencillamente no resiste contacto con la realidad.

Quizás el verdadero debate no sea si debe existir riqueza o esfuerzo individual, sino quién controla el rumbo del desarrollo y para beneficio de quién se organiza la economía. Ahí es donde tanto la experiencia soviética como la china plantean preguntas incómodas para los dogmas simplistas del capitalismo liberal y también para las versiones más rígidas y fallidas del comunismo clásico europeo.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.