¿Del plantón a la acción?

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El plantón dejó una imagen políticamente importante: decenas de miles de personas, 80 mil aproximadamente en todo el país según el semanario universidad, salieron a las calles para defender la democracia, la independencia de poderes y lo que consideran valores fundamentales de la institucionalidad costarricense. Eso debe ser reconocido, celebrado y algo por lo cual sentirse profundamente orgulloso. 

Pero precisamente por su importancia, la movilización merece ser analizada con mayor profundidad y sin caer en conclusiones apresuradas. Una manifestación multitudinaria demuestra capacidad de movilización social. No demuestra, por sí misma, la existencia de una alternativa electoral unificada.

Si tomamos como referencia los 861.879 votos obtenidos por el candidato de oposición en las últimas elecciones y los aproximadamente 80.000 participantes de la marcha, estamos hablando de alrededor de 9,3 % de ese universo electoral. Es decir: aproximadamente 9 de cada 100 personas que votaron por aquella candidatura estuvieron en la manifestación.

La cifra es significativa. Ochenta mil personas en las calles no son poca cosa y sería un error político minimizarlo. Pero también sería un error todavía mayor convertir automáticamente esa movilización en la evidencia de que existe un movimiento opositor único, organizado y preparado para disputar el poder.

Porque el problema de fondo sigue intacto: La gente salió por el país, no por los partidos, menos por los tradicionales. Una de las características más reveladoras de la movilización es precisamente que los partidos políticos no fueron quienes generaron la convocatoria principal.

Fueron organizaciones civiles y ciudadanos quienes organizaron y movilizaron. Los partidos, en buena medida, se incorporaron, acompañaron y reprodujeron la convocatoria. Esto dice mucho sobre el estado actual de la política costarricense.

La ciudadanía puede coincidir en la defensa de la independencia de poderes, de la democracia, de las instituciones y de determinadas reglas del juego. Puede incluso coincidir en su rechazo a determinadas actuaciones del Gobierno, estamos claros en eso.

Pero eso no significa que esa misma ciudadanía haya decidido confiar nuevamente en los partidos tradicionales y sus perspectivas ideológicas. La desconfianza sigue allí.

Y lo más grave es que, no solamente existe entre la ciudadanía y los partidos. También existe dentro de la propia oposición. Los distintos sectores siguen desconfiando entre sí, siguen defendiendo sus propias identidades políticas y continúan intentando construir su propia candidatura, su propio liderazgo y su propia parcela electoral. 

Siguen haciendo lo mismo de siempre para obtener los mismos resultados una y otra vez. Aquí el oportunismo político y las luchas internas en los diferentes partidos son la receta para el caos y la falta de sentido común frente a un peligro real como lo es el oficialismo.

La paradoja de la oposición

El principal problema que dejó en evidencia el plantón es que cada sector sigue buscando a su propio líder, en lugar de construir una alternativa común.

El Frente Amplio respalda a Ariel Robles y a José María Villalta. El PLN impulsa a Álvaro Ramos. Los sectores cercanos al PAC, después del colapso de ese partido, continúan sin una referencia política clara, igual sucede con el cada vez más diezmado PUSC.

Cada grupo sigue mirando hacia su propio lado.

Y aquí aparece una diferencia fundamental: Una cosa es coincidir en la defensa de la democracia y otra completamente distinta es construir un proyecto político común.

Una manifestación puede reunir a personas de izquierda, centro, derecha, liberales, socialdemócratas, progresistas, conservadores y ciudadanos sin afiliación partidaria. Pero gobernar exige mucho más.

Exige un programa económico. Una política de seguridad. Una visión sobre las relaciones internacionales. Una posición frente al Estado, los impuestos, la propiedad privada, la inversión, los derechos sociales, la institucionalidad y el modelo de desarrollo.

Y allí las diferencias dentro de la oposición siguen siendo profundas y muchas veces irreconciliables. Resulta difícil imaginar, por ejemplo, que Juan Carlos Hidalgo pueda respaldar integralmente el programa del Frente Amplio, del mismo modo que sería difícil imaginar que José María Villalta asumiera las tesis liberales de Hidalgo, solo por poner un ejemplo.

Eso no significa que no puedan coincidir en determinados asuntos. Significa que coincidir en la defensa de la democracia no equivale a compartir un proyecto de país.

El gran error sería confundir mayoría social con mayoría política. Aquí está quizás la mayor paradoja. Puede existir una mayoría social descontenta con el Gobierno y, al mismo tiempo, no existir una mayoría política capaz de derrotarlo.

Una sociedad puede estar ampliamente inconforme y continuar políticamente fragmentada. Una marcha de 80.000 personas demuestra que existe una capacidad importante de movilización. También demuestra que el descontento puede crecer.

Pero no significa automáticamente que esas 80.000 personas, ni los cientos de miles que eventualmente compartan ese descontento, estén dispuestas a votar por el mismo partido, por el mismo candidato y por el mismo programa. 

Las mayorías fragmentadas suelen perder frente a minorías cohesionadas.

Ese es el verdadero desafío de la oposición costarricense. No consiste solamente en sacar gente a la calle. Consiste en transformar el descontento social en una estructura política capaz de competir electoralmente. Y eso todavía no existe, tampoco lo lograrán realizar los ex candidatos a la presidencia que ya conocemos no sus partidos. Sigue habiendo espacio para un outsider.

El plantón tampoco demuestra que Costa Rica viva bajo una dictadura

Hay otro elemento que merece atención, y que es un argumento utilizado por el oficialismo estratégicamente. Las grandes manifestaciones son importantes y necesarias en cualquier democracia. El derecho a protestar debe defenderse, especialmente cuando existen preocupaciones legítimas sobre la independencia institucional y la concentración de poder.

Pero desde una perspectiva estrictamente política, existe una paradoja adicional: el propio Gobierno puede utilizar una manifestación masiva y pacífica como argumento para demostrar que no existe una dictadura, y así lo hicieron. 

Ochenta mil personas salieron a las calles, no fueron reprimidas, no fueron impedidas de manifestarse, no hubo una prohibición general de la movilización. El plantón ocurrió y el Gobierno permitió que ocurriera.

Desde la perspectiva de la comunicación política oficialista, esto resulta extremadamente conveniente: permite decir que en Costa Rica la oposición puede movilizarse libremente y que, por tanto, las acusaciones de autoritarismo o de deriva dictatorial son exageradas.

Eso no significa que los problemas institucionales sean imaginarios. Significa que la existencia de una gran manifestación, por sí sola, no constituye una prueba de autoritarismo ni tampoco de democracia plena.

Las democracias pueden tener conflictos institucionales graves sin convertirse automáticamente en dictaduras. Y los gobiernos pueden permitir manifestaciones mientras simultáneamente enfrentan cuestionamientos sobre su relación con otros poderes del Estado.

Por eso el análisis debe ser más sofisticado que simplemente afirmar: “80.000 personas salieron, por lo tanto, el Gobierno está políticamente derrotado”. No necesariamente.

La oposición sigue sin resolver su problema fundamental

El problema estratégico de la oposición permanece intacto: no existe todavía un liderazgo común, un proyecto político suficientemente amplio ni un mecanismo de articulación capaz de convertir las distintas corrientes opositoras en una alternativa electoral competitiva.

Y esto no se resuelve con una marcha. Tampoco se resuelve simplemente llamando a una coalición. Se necesita algo mucho más difícil: construir un mínimo común denominador nacional.

No sería necesario que todos pensaran igual. Lo que tendría que existir es un acuerdo sobre un conjunto limitado de principios: defensa de la democracia constitucional, independencia de poderes, seguridad, crecimiento económico, protección social, respeto a la propiedad, institucionalidad, transparencia y una política exterior basada en el interés nacional.

Sobre esa base podría construirse una plataforma común, una nueva vía costarricense.

Pero después habría que resolver la pregunta más difícil:

¿Quién lidera?

Y esa pregunta todavía divide a la oposición.

El riesgo de repetir la historia

Si cada sector continúa pensando únicamente en su propio candidato, el resultado puede ser conocido.

El PLN tendrá su candidato.

El Frente Amplio tendrá el suyo.

Los sectores liberales tendrán el suyo.

Los antiguos espacios del PAC buscarán alguna referencia.

Otros grupos ciudadanos crearán nuevas agrupaciones.

Y una parte del electorado independiente terminará nuevamente sin sentirse representada.

Entonces puede ocurrir algo paradójico: una oposición que socialmente represente a una mayoría puede terminar electoralmente derrotada porque esa mayoría nunca logró convertirse en una mayoría política organizada.

Ese sería el verdadero fracaso. El fracaso colectivo de una oposición incapaz de comprender que la política electoral exige organización, liderazgo, estructura y un proyecto.

La verdadera prueba empieza después de la marcha

La pregunta importante no es cuántas personas participaron.

La pregunta es:

¿Qué harán esas personas después?

¿Se convertirán en militantes?

¿Participarán en organizaciones?

¿Construirán estructuras territoriales?

¿Exigirán acuerdos entre los partidos?

¿Presionarán para construir una candidatura común?

¿O simplemente regresarán a sus casas y cada sector volverá a su respectiva trinchera?

Ahí estará la verdadera medición.

Porque una movilización de 80.000 personas puede ser el comienzo de algo mucho más grande.

Pero también puede convertirse simplemente en una fotografía multitudinaria de una oposición que continúa dividida. Y hoy, por duro que resulte admitirlo, la segunda posibilidad sigue siendo perfectamente plausible.

El desafío de Costa Rica no es demostrar que existe descontento. Eso ya está demostrado. El desafío es transformar ese descontento en una alternativa política.

Y para eso todavía falta lo esencial: liderazgo, organización, proyecto y voluntad de renunciar a las pequeñas parcelas partidarias en función de un objetivo nacional más grande.

Si nada cambia, dentro de cuatro años volveremos a encontrarnos ante el mismo dilema: una sociedad profundamente dividida, una oposición fragmentada en múltiples candidaturas y un oficialismo que, independientemente de su nivel de desgaste, podrá beneficiarse de la incapacidad de sus adversarios para ponerse de acuerdo.

Porque al final la pregunta no será quién logró reunir más gente en una marcha. Será quién logró convertir esa indignación en poder político.

Y esa transformación, hasta ahora, la oposición costarricense todavía no ha conseguido hacerla.

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Ama Ndlovu explores the connections of culture, ecology, and imagination.

Her work combines ancestral knowledge with visions of the planetary future, examining how Black perspectives can transform how we see our world and what lies ahead.