
Costa Rica ha construido durante décadas una identidad internacional basada en la paz, el derecho internacional, el desarme, la solución jurídica de controversias y una política exterior relativamente prudente. Precisamente por eso, los recientes movimientos de su política exterior deberían analizarse con especial atención.
El acercamiento simultáneo de Costa Rica a Estados Unidos y Ucrania, la preocupación expresada públicamente por el canciller costarricense sobre la presencia militar rusa en Nicaragua y la profundización de los vínculos entre Managua y Moscú están creando una configuración estratégica diferente en Centroamérica. No significa que Costa Rica esté entrando en una guerra ni que exista evidencia de que Ucrania vaya a establecer operaciones militares en territorio costarricense. Pero sí significa que Costa Rica corre el riesgo de dejar de ser un actor periférico de las disputas entre grandes potencias para convertirse en un espacio de competencia indirecta entre ellas.
El 11 de agosto de 2026, Volodímir Zelensky conversó con la presidenta Laura Fernández y ambos acordaron explorar mecanismos de cooperación, particularmente en materia de seguridad. Zelensky invitó además a Fernández a visitar Ucrania, mientras que la mandataria costarricense extendió una invitación al presidente ucraniano para visitar Costa Rica.
El dato adquiere otra dimensión cuando se coloca junto a las declaraciones del canciller Manuel Tovar sobre la presencia de personal militar ruso en Nicaragua y la preocupación de Costa Rica por la renovación de la cooperación militar entre Managua y Moscú.
El dilema de seguridad llega a Centroamérica
En relaciones internacionales existe un concepto fundamental para comprender este tipo de situaciones: el dilema de seguridad. Un Estado puede adoptar medidas que considera defensivas, pero que otro Estado interpreta como ofensivas.
Costa Rica puede pensar:
“Nicaragua tiene cooperación militar con Rusia; por tanto, necesitamos fortalecer nuestra seguridad y nuestra cooperación internacional.”
Nicaragua puede interpretar exactamente el mismo movimiento de otra manera:
“Costa Rica está profundizando su integración con Estados Unidos y ahora también con Ucrania, por lo que nuestra seguridad está siendo amenazada.”
Entonces Nicaragua incrementa su cooperación con Rusia.
Washington observa ese incremento y concluye que la presencia rusa constituye una amenaza. Costa Rica vuelve a incrementar su cooperación con Estados Unidos. Y se produce un ciclo de acción y reacción.
Ninguno de los actores necesita haber decidido iniciar una guerra para que el entorno se vuelva progresivamente más peligroso. Ese es precisamente el problema.
El problema no es Ucrania: es la importación de una lógica de conflicto
Costa Rica tiene todo el derecho soberano de establecer relaciones diplomáticas y acuerdos de cooperación con Ucrania. El problema está en qué tipo de cooperación se establece y cómo es percibida por los vecinos.
“Aprender de la experiencia de seguridad ucraniana”, como afirma la presidenta Laura Fernández puede significar muchas cosas:
- ciberseguridad;
- protección de infraestructura crítica;
- inteligencia;
- drones;
- vigilancia fronteriza;
- guerra electrónica;
- protección contra amenazas híbridas;
- resiliencia institucional;
- seguridad de comunicaciones;
- entrenamiento policial;
- protección de infraestructura estratégica.
Algunas de esas áreas son perfectamente compatibles con una política de seguridad costarricense.
Pero existe una diferencia fundamental entre aprender de la experiencia ucraniana y incorporar capacidades operativas ucranianas al territorio costarricense. La primera posibilidad es normal. La segunda tendría consecuencias geopolíticas extraordinariamente mayores.
Y precisamente por eso la ciudadanía debería conocer con claridad qué significa concretamente la cooperación en seguridad que están explorando Zapote y Kiev.
Costa Rica debe evitar convertirse en una plataforma de terceros
Este es probablemente el mayor riesgo estratégico. Costa Rica no tiene ejército y su principal fortaleza internacional ha sido precisamente su capacidad para proyectarse como un Estado de paz y derecho. Si el país comienza a convertirse en plataforma para:
- inteligencia extranjera;
- operaciones de seguridad de terceros países;
- infraestructura tecnológica militar;
- entrenamiento de fuerzas extranjeras;
- intercambio de inteligencia contra determinados Estados;
- operaciones cibernéticas;
- sistemas de vigilancia vinculados a conflictos externos;
entonces su territorio adquiere un valor estratégico completamente diferente. Y eso puede modificar el cálculo de los países vecinos. Un territorio que antes era considerado neutral puede empezar a ser considerado un activo estratégico de una potencia extranjera. Ese cambio de percepción es peligroso aunque Costa Rica no tenga intención ofensiva.
Nicaragua es el factor que vuelve especialmente delicada la situación
Costa Rica y Nicaragua no son dos países cualquiera. Comparten una extensa frontera, han tenido disputas territoriales ante la Corte Internacional de Justicia y ya experimentaron una crisis militar en 2010 relacionada con Isla Portillos.
Además, actualmente existe una problemática transfronteriza relacionada con la minería ilegal en Crucitas. Ambos países incluso acordaron mecanismos de cooperación policial para combatir actividades ilícitas vinculadas con esa zona. Por tanto, existen problemas de seguridad reales y preexistentes. Además, no es nuevo el tema de que el presidente nicaragüense sigue insistiendo a su pueblo que Costa Rica les robó Guanacaste, algo completamente deliberado y además, con intenciones geopolíticas muy evidentes, más allá de lo que algunos analistas costarricenses valoran infantilmente, como «ocurrencias y declaraciones sin importancia de Ortega».
A esto se agrega ahora la dimensión geopolítica. Nicaragua mantiene cooperación militar con Rusia. Costa Rica ha expresado públicamente su preocupación por esa presencia en las últimas semanas. Rusia, por su parte, ha respondido que en Nicaragua existen asesores y especialistas militares y ha rechazado la interpretación de que esa cooperación esté dirigida contra terceros países.
El problema es que las percepciones importan tanto como las intenciones. Aunque Rusia diga que su cooperación no está dirigida contra Costa Rica, Managua puede interpretar la cooperación Costa Rica-Ucrania-Estados Unidos como una amenaza. Y viceversa.
¿Qué ocurriría si Nicaragua descubriera una operación extranjera contra ella desde Costa Rica?
Este es uno de los escenarios que Zapote debería considerar antes de profundizar cualquier cooperación de seguridad. Pero como ya sabemos, quizás no cuenten con la conciencia geopolítica mínima para pensar en estos temas. Supongamos que hipotéticamente una agencia extranjera utilizara territorio costarricense para realizar inteligencia sobre Nicaragua.
Desde San José podría argumentarse:
“Es una operación de seguridad contra amenazas regionales.”
Pero Managua podría interpretarlo como:
“Costa Rica está permitiendo que una potencia extranjera utilice su territorio para realizar operaciones contra Nicaragua.”
La consecuencia podría ser una escalada diplomática. Pero no necesariamente terminaría allí. Podrían aparecer:
1. Guerra de inteligencia.
Mayor vigilancia nicaragüense sobre territorio costarricense.
2. Guerra cibernética.
Ataques contra instituciones públicas, infraestructura crítica o sistemas estratégicos.
3. Guerra informativa.
Campañas para presentar a Costa Rica como una plataforma estadounidense.
4. Presión fronteriza.
Mayor presencia militar o policial nicaragüense cerca de la frontera.
5. Incidentes fronterizos.
Precisamente los acontecimientos accidentales son los más difíciles de controlar.
6. Internacionalización del conflicto bilateral.
Una disputa Costa Rica-Nicaragua podría transformarse en un problema Washington-Managua-Moscú.
Ese último escenario sería especialmente perjudicial para Costa Rica.
El peligro de perder la autonomía estratégica
Existe otra dimensión que suele quedar fuera de la discusión. Un país pequeño tiene una capacidad limitada para controlar las consecuencias de las decisiones de las grandes potencias. Costa Rica puede decidir cooperar con Washington, cooperar con Kiev o Tel Aviv. Puede decidir denunciar la presencia rusa en Nicaragua. Pero Costa Rica no controla las respuestas de Estados Unidos, Rusia, Ucrania o Nicaragua. Ese es el problema de la asimetría de poder.
Cuando un país pequeño se introduce demasiado profundamente en la competencia de grandes potencias, puede terminar asumiendo riesgos que no tiene capacidad militar, económica o diplomática para administrar. Costa Rica no puede darse el lujo de pensar únicamente: “Tenemos derecho a hacerlo.” También necesita preguntarse: “¿Qué hará el otro actor cuando lo hagamos?” La geopolítica no funciona solamente sobre la base de las intenciones declaradas. Funciona sobre la base de capacidades, percepciones e intereses.
El precedente de Ucrania debería provocar prudencia
Aquí existe una paradoja, Costa Rica quiere aprender de la experiencia de seguridad de Ucrania. Pero precisamente la experiencia ucraniana demuestra que las grandes potencias pueden convertir un país geográficamente estratégico en el escenario de una confrontación que trasciende sus fronteras.
Ucrania es soberana y tiene derecho a elegir sus alianzas. Rusia, a su vez, interpretó la transformación del entorno estratégico ucraniano como una amenaza existencial debido a la expansión de la OTAN hacia el este y la amenaza de la existencia de bases militares en el este de Ucrania apuntando a Moscú. El resultado fue una catástrofe.
No se trata de equiparar Costa Rica con Ucrania, porque las circunstancias son radicalmente diferentes. Se trata de extraer una enseñanza: cuando las rivalidades entre potencias comienzan a organizar la arquitectura de seguridad de un Estado pequeño, ese Estado debe preguntarse constantemente si está aumentando su seguridad o aumentando su valor como escenario de confrontación.
Costa Rica tampoco debería convertirse en el “frente occidental” de Nicaragua
La lógica puede funcionar en ambos sentidos. Si Costa Rica empieza a percibirse como una plataforma estadounidense-ucraniana, Nicaragua podría profundizar su relación con Rusia. Y si Nicaragua profundiza su relación con Rusia, Costa Rica puede responder estrechando todavía más sus vínculos con Washington. Toda una escalada de manera innecesaria para un país como Costa Rica.
Así se genera una dinámica de bloques:
Costa Rica → Estados Unidos → Ucrania
frente a
Nicaragua → Rusia
y eventualmente otros actores podrían incorporarse a uno u otro lado. Esto sería extremadamente negativo para Centroamérica. La región no necesita importar una nueva Guerra Fría. ¿Qué ganan nuestros países y la región en un contexto así?
Estados Unidos también es un factor determinante
La situación no puede analizarse exclusivamente desde la relación Zapote-Managua. Washington está incrementando su atención sobre América Latina y el Caribe, y la política estadounidense hacia Nicaragua se ha vuelto más confrontativa. Recientemente, el secretario de Estado Marco Rubio volvió a advertir sobre la situación política nicaragüense.
Eso significa que Costa Rica puede encontrarse en una situación incómoda: Washington puede considerar a Costa Rica un socio estratégico. Pero Managua puede comenzar a considerarlo parte de la arquitectura regional estadounidense. La diferencia entre ambas percepciones es enorme.
Crucitas demuestra que ya existen puntos de fricción
Crucitas es particularmente importante porque demuestra que la relación Costa Rica-Nicaragua ya tiene problemas concretos que no necesitan ninguna gran potencia para generar tensión.
Existe minería ilegal, crimen transnacional, tráfico de personas, narcotráfico y problemas de control fronterizo.
Por eso resulta paradójico que, mientras ambos países necesitan mecanismos de cooperación fronteriza como los acordados para enfrentar la minería ilegal, sus relaciones también puedan adquirir una dimensión geopolítica cada vez más confrontativa. La cooperación y la confrontación pueden coexistir. Y esa combinación es peligrosa, y nada beneficiosas para ambos países hermanos.
Calero es una advertencia histórica
Este punto sí es muy importante. Otro ejemplo histórico que también sirve de advertencia fue el conflicto en 2010 por el tema de la invasión a Isla Calero por parte de Nicaragua y todo lo que ello implicó en su momento, así como las razones geopolíticas y económicas que habían detrás.
Ya existe un precedente:
2010 → incursión nicaragüense en territorio costarricense → crisis bilateral → CIJ → solución jurídica.
Por eso no estamos hablando de una hipótesis completamente abstracta. Costa Rica y Nicaragua ya tuvieron una crisis territorial militarizada.
El riesgo de la securitización
Otro fenómeno que Costa Rica debería evitar es la securitización de toda su política exterior. Si Rusia está en Nicaragua, entonces todo problema con Nicaragua comienza a interpretarse como una cuestión rusa.
Si Ucrania coopera con Costa Rica, entonces toda cooperación con Ucrania comienza a interpretarse como una cuestión militar. Si Estados Unidos coopera con Costa Rica, entonces cualquier iniciativa estadounidense puede ser interpretada como parte de una estrategia contra Nicaragua.
De esa manera, problemas que antes eran:
- fronterizos, ambientales, policiales o económicos
terminan transformándose en:
- problemas estratégicos y militares.
Eso eleva automáticamente el nivel de riesgo.
El mayor peligro de lo volátil de la situación: el error de cálculo
Las guerras muchas veces no comienzan porque todos los actores hayan decidido conscientemente iniciar una guerra.
Comienzan por:
- malas interpretaciones;
- información incompleta;
- señales ambiguas;
- provocaciones;
- incidentes fronterizos;
- operaciones encubiertas descubiertas;
- errores de inteligencia;
- respuestas desproporcionadas.
Ese es el escenario que Costa Rica debería evitar a toda costa. Porque un país sin ejército tiene todavía más razones para impedir que una crisis llegue al punto en que las capacidades militares comiencen a determinar las decisiones políticas.
¿Qué papel puede jugar Costa Rica de manera inteligente para no caer en el juego de las grandes potencias? Su rol debería ser mantener autonomía estratégica.
Costa Rica podría:
- Cooperar con Ucrania en áreas estrictamente civiles, policiales y tecnológicas.
- Evitar convertirse en plataforma de operaciones militares o de inteligencia de terceros.
- Mantener canales diplomáticos abiertos con Rusia.
- Mantener canales permanentes con Nicaragua.
- Fortalecer los mecanismos bilaterales de prevención de incidentes fronterizos.
- Utilizar la OEA, ONU y SICA como mecanismos multilaterales.
- Diferenciar claramente cooperación policial de cooperación militar.
- Informar públicamente sobre el contenido de cualquier acuerdo de seguridad con Ucrania.
- Evitar declaraciones que presenten a Costa Rica como parte de una confrontación entre bloques.
- Reforzar la doctrina histórica costarricense de paz, neutralidad activa, derecho internacional y solución jurídica de controversias.
Costa Rica no necesita escoger entre Washington y Moscú. Y tampoco necesita escoger entre Occidente y el resto del mundo. Necesita escoger Costa Rica.
Y precisamente por ser un país pequeño, desmilitarizado y ubicado en una región estratégicamente sensible, Costa Rica tiene mucho más que perder que ganar si se convierte en escenario de una confrontación de grandes potencias. La pregunta que debería hacerse el país no es si tiene derecho a cooperar con Ucrania, Estados Unidos o cualquier otro Estado.
La pregunta es mucho más profunda:
¿Está Costa Rica fortaleciendo su seguridad nacional o está permitiendo que su territorio, su diplomacia y su política exterior adquieran valor estratégico dentro de una confrontación que no es nuestra?
Porque aprender de la experiencia de Ucrania podría ser inteligente, si estuviésemos en un contexto de guerra prolongada frente a un enemigo poderoso y superior militarmente, que no es nuestro caso. Costa Rica no puede ni debe aceptar presencia militar de ningún tipo en su territorio, ni mucho menos pensar en la existencia de bases militares de ningún país en suelo patrio.
El gran reto para el país y toda su clase política, que por mucho carece de criterio geopolítico, debería de ser el aprender a tener muchísimo cuidado de no descubrir demasiado tarde que, intentando aumentar su seguridad o alineamiento ideológico con ciertos actores, solo para quedar bien y obtener algo de atención internacional, terminó aumentando su importancia como objetivo estratégico.
Valoración de escenarios estratégicos que derivan en peligros reales para la soberanía costarricense. Problemas que claramente, con una postura neutral pueden evitarse para el país y su gente.
| Escenario | Probabilidad | Peligro |
|---|---|---|
| Cooperación policial/tecnológica CR-Ucrania | Alta | Bajo |
| Cooperación de inteligencia | Media-alta | Medio-alto |
| Mayor cooperación CR-EE.UU. contra amenazas regionales | Alta | Medio |
| Mayor cooperación militar Rusia-Nicaragua | Alta | Medio |
| Nicaragua percibe a CR como plataforma estadounidense | Alta | Alto |
| Operaciones estadounidenses, israelíes, y ahora ucranianas de inteligencia desde CR | Posible | Alto |
| Presencia operativa ucraniana en CR | Baja, por ahora | Muy alto |
| Incidente fronterizo CR-Nicaragua | Bajo, pero no imposible | Muy alto |
| Invasión nicaragüense de Costa Rica | Baja, no imposible | Extremo |
| “Guerra ruso-ucraniana trasladada a Centroamérica” | Baja, no imposible | Extremo |



Deja un comentario